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ENTRE EL
INFINITO Y LO HUMANO
En el íntimo afán del
hombre siempre encontramos un objetivo muy definido: mejorar la vida, mejorar su
calidad, encontrar elementos y medios que procuren todo aquello que le dé
estabilidad y confort.
En el esfuerzo común
de los hombres de ciencia existe, igualmente, este afán por conseguir nuevos
logros y descubrimientos que sigan evidenciando al hombre desde su propia
experiencia de finitud, como el ser superior de la creación, al tiempo que le
procuran un mayor y efectivo control sobre las enfermedades y todo aquello que
malogra o hace desgraciada la vida humana.
Pero, curiosamente, a
estas realidades positivas y encomiables de la humanidad, podemos constatar
otras paralelas que por los mismos caminos de avances y logros van en contra de
este camino constructivo.
A través de la
carrera armamentista, de los medios poderosos del comercio internacional y de
sus canales de distribución, se avanza por caminos tortuosos que lo único que
buscan es el poder económico a cambio de ir sembrando la muerte y otros modos de
destrucción del hombre que le impiden desarrollar su vida humana dentro de los
parámetros más ordinarios.
Cuando se hace tan
solo un breve espacio para la reflexión personal y sin necesidad, ni mucho
menos, de disponer de datos, es imposible, a todas luces, poder entender que por
puñados de dinero se someta a la sociedad a una lenta y continua autodestrucción
en las personas que sufren, hasta la esclavitud por causa del juego o del sexo,
en la prostitución o en cualquiera de los otros medios sofisticados y virtuales
que se han ido y van poniendo al alcance a través de los modernos medios de
comunicación.
También por causa de
las drogas en general, en las que hay que incluir también el alcohol.
Uno se pregunta,
¿Para qué sirve el dinero que se ha logrado por destruir la vida de los
semejantes, cuando lo más lógico es que el dinero sirva para todo lo contrario?
¿Para qué sirve el
dinero que somete a las personas, seres semejantes a los que lo acopian y
“amasan” sin escrúpulos, a cualquier dependencia compulsiva que les llevan por
caminos penosos y cuya salida no se alcanza a ver más allá de la destrucción y
de la muerte?
¿Cómo es posible que
en nuestra sociedad de los albores del Siglo XXI no haya un poco más de sensatez
para practicar y ayudar a que sea una realidad generalizada lo que tanto se
reivindica a todos los niveles: la libertad?.
Sin duda que la
conciencia de libertad tiene que ser cultivada, antes que nada, en lo más
profundo de la conciencia individual.
Es imposible
conseguir una sociedad madura en su concepto de libertad si las personas que la
forman no tienen esa misma conciencia de libertad en un grado mínimamente
aceptable, de forma que la experimenten hasta lograr gobernar sus propias vidas
en movimientos libres y responsables.
Nuestra sociedad ha
optado por educar a sus generaciones jóvenes desde y para el desafío constante
de la competencia y en una carrera sin límite de lograr superar siempre al otro,
sin darse cuenta que una cosa es gente bien formada, con un alto grado de
cualificación al servicio del bien común, en la búsqueda constante de aquellos
descubrimientos y logros que redunden en el bien de la humanidad y otra muy
distinta es que estas personas terminen siendo un exponente del egoísmo más
sutil y refinado, que nace precisamente de ese esfuerzo competitivo en el que se
les ha iniciado.
A partir de esta
carrera dislocada por ser siempre el primero no es nada difícil sucumbir a la
tentación de ser el único. Y de ahí al desprecio más insensible del prójimo y de
sus cosas, muy poco espacio queda, con todas las consecuencias lógicas que se
pueden derivar del uso mercantilista que se termina haciendo de las personas en
aras de conseguir más y más dinero.
Una cosa es estar a la
altura de los niveles conseguidos, necesitados de ser conservados y superados en
pro del bien humano y social que comentamos más arriba, y otra bien distinta es
que, engañados por los espejismos del bienestar y sus sucedáneos, se estén
formando mujeres y hombres con los valores morales y humanos no pocas veces
desdibujados, difuminados de forma que apenas se reconocen o hasta cambiados,
que cuando no hasta perdidos del todo.
Si queremos un mundo
nuevo como el siglo que comienza, que supere todas las injusticias existentes,
todos los abusos latentes y que ponga al ser humano en su sitio de dignidad,
necesitamos antes que nada y primero, hombres nuevos, libres en su capacidad de
pensar y de decidir, y no educados para la esclavitud en cualquiera de sus
sofisticadas manifestaciones de nuestro entorno social.
Y esto no está en
manos de los otros. Todos y cada uno tenemos algo que decir y, sobre todo, algo
que hacer. Quizás desde uno mismo antes que nada.
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