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Cuando uno se para a reflexionar sobre esas realidades de nuestro mundo que están ahí sometiendo a tantas vidas a unas experiencias negativas fuertes, que repercuten sobre el resto de la sociedad de una forma u otra, directa o indirectamente, uno se ve invadido por infinidad de preguntas.

 ¿Cómo es posible que el hombre, ser dotado de razón, de voluntad y de libertad, pueda verse dominado por el alcohol, la droga, el sexo, el juego, etc...?

¿Cómo es posible que la sociedad, en cuya base de su propia subsistencia está la solidaridad, no tiene hoy recursos para evitar estos extremos que la degradan en sus miembros marginados?

¿Cómo es posible que lleguemos a asistir un tanto impasibles a un espectáculo cuyo escenario es la propia vida y en el que parece que a todos nos toca “sufrir” porque, o somos las víctimas o somos los verdugos?

¿Cómo, cómo, cómo....., es posible?

Y, en definitiva, ¿quién es el responsable de esta situación?

Si hiciéramos un pequeño esfuerzo por desengancharnos de esa rueda, que para la mayoría es la vida en sus propios imperativos de consumismo y egoísmo, y nos parásemos a reflexionar, a contemplar con serenidad el panorama, nos daríamos cuenta muy pronto de la auténtica realidad y la participación que cada uno tenemos en ella.

Es triste observar al ser humano que no acepta de manera sencilla y natural su responsabilidad en las cosas negativas. Se habla de delincuencia y enseguida decimos que los que delinque son tal y cual y que las autoridades no imponen orden. Se habla de los estragos de la droga, el alcohol, el juego, etc., y de igual forma encontramos muchos culpables, pero nunca nos preguntamos sobre cual será nuestra participación de responsabilidad en tales realidades de personas que participan de nuestra propia sociedad.

Sólo cuando nos toca el problema por la proximidad familiar o de amistad nos preocupa y hasta nos angustia, pero tampoco nos lo planteamos a niveles de nuestra propia responsabilidad en el mismo.

Y da la casualidad que estos problemas a los que nos estamos refiriendo no son sino el resultado de una sociedad en desorden profundo, en la que se entrecruzan un sin fin de intereses personales y colectivos que para conseguir sus “objetivos” no reparan ni en los medios ni en los resultados. Y así, de una forma tantas veces paradójica y sin apariencia alguna, se va tejiendo la trama fatídica que lleva al hombre a su esclavitud en una experiencia profunda de marginación, de desenfoque personal en todos los sentidos. Vive en un mundo que, por inclinación y tendencia natural, es su lugar, pero que por su realidad ni encaja ni es admitido por los demás tal como es, lo que por otra parte se llega hasta comprender.

Siguiendo aquel pasaje evangélico de la mujer adúltera “sorprendida en flagrante adulterio” y presentada a Jesucristo para que la condenase (Jn. 8, 1-11), podríamos escuchar el eco de la sentencia del Señor dirigiéndose a aquellos que rodean a la mujer, que no se sentían responsables en absoluto del pecado que se juzgaba y que incluso se relamían por el destino inapelable de aquella mujer pecadora: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”. (v. 7). Y considerar a la vez si nuestra respuesta tendría alguna relación o similitud con la de aquellos: “ Al oír estas palabras, se iban retirando una tras otro...” (v.9).

Si a la base de los grandes problemas generadores de marginación en nuestra sociedad está el desorden en grandes proporciones y diversos niveles como hemos dicho, alguna aportación hará al mismo el desorden de la vida personal, íntima de cada uno de nosotros, pues no cabe duda que cada persona trasmite a su medio ambiente su pensamiento, sus deseos, su actividad, sus obras, etc., y si todo esto es fruto de un corazón y de una vida desordenada, ¿cuál será el resultado?.

Como ves, querido amigo, no podemos emitir juicios ligeros de las realidades humanas y sociales, y sobre todo, responsabilizando y condenando siempre a los “otros” de una situación, realidad o desorden social, porque quieras o no tú tienes alguna parte de todo lo bueno y malo que te rodea, y ante ello alguna actitud debes tomar.

Bien merece la pena reflexionar con toda responsabilidad.