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A LA LUZ DE LA VIDA
Durante
estos meses del año, llenos de luz y alegría, en el final de la Primavera y a lo
largo de todo el Verano, se celebran Fiestas en gran cantidad de los pueblos y
localidades de nuestra tierra española.
Y la
práctica totalidad de ellas estarán celebrándose bajo el patronazgo de algún
Santo, de la Virgen María en alguna de las múltiples advocaciones con las que la
reconocen y la honran en los diferentes pueblos, o incluso de alguno de los
Misterios de la Vida del Señor Jesucristo.
Fiestas
con una tradición religiosa en su más profunda historia, que lleva a las gentes
a volverse a su Patrón o Patrona durante esos días, con un auténtico sentimiento
de intimidad.
Incluso,
volverán a su tierra desde las lejanas ciudades donde viven porque en esas
Fiestas hay un trozo muy grande de su corazón que necesita ser renovado y revitalizado, al menos, cada año.
Pero al
mismo tiempo se puede ver cómo avanzan con fuerza estas Fiestas en actos y
jolgorios completamente profanos, que si bien es lógico que hayan existido
siempre, como si dijéramos “la otra cara de la moneda”, se puede observar que se
llegan a situaciones seriamente preocupantes por los excesos que en ellos se
dan.
Y aquí
estamos en una gran paradoja muy propia de este pueblo de España: católico en
sus raíces más profundas, creyente en un altísimo porcentaje y profundamente
religioso en lo que toca a toda la tradición familiar y entorno social que se
vivió en las generaciones anteriores y comienzos de la propia vida.
Se ama con
profundo respeto y sentimiento a la Patrona o Patrón. Se vuelve la mirada hacia
ellos una vez al año con lo mejor de sí en sentimientos y expresiones de todo
tipo, incluso materiales, pero de inmediato se van a continuar la Fiesta en su
otra vertiente profana, con la participación más provocadora que arrastra, no
pocas veces, a situaciones absolutamente alejadas de las exigencias morales de
la misma FE con que se está profesando al honrar al Patrón o Patrona que sea.
Indudablemente, más doloroso se hacen estas realidades festivas en las
generaciones más jóvenes, que de una forma alarmante se inhiben de toda raíz
religiosa de las Fiestas como de igual forma se van inhibiendo ordinariamente de
los valores más esenciales de la propia vida humana, tanto en la experiencia
personal como en el comportamiento social.
Malo es
que la persona opte por caminos equivocados que siguen los comportamientos
contrarios a la ética y a la moral de una forma voluntaria y libre, pero
muchísimo más preocupante y grave es que las personas opten por ignorar toda
regla y conducta moral, siguiendo caminos completamente desinhibidos de toda
responsabilidad.
Las pautas
de actuación no irán precedidas por una valoración moral y/o ética conveniente,
sino únicamente por conveniencia de bienestar, de interés material o económico,
de exigencia de los propios impulsos ciegos de las propias pasiones.
Se hará de
la forma más “civilizada” que se quiera, pero desde las posiciones más crudas y
duras que se pueda imaginar.
En aras de
una sinceridad y transparencia absolutas, no habrá límites posibles que sujeten
actitudes y comportamientos a ninguna regla moral o ética, porque éstas
sencillamente van a imponer sacrificios, renuncias u otras exigencias que para
nada se pueden aceptar, porque, se dice, reprimen a la persona, etc.
Única y
paradójicamente valdrá el sacrificio, incluso hasta límites muy serios, cuando
se trate de conseguir cosas materiales, cosas de este mundo, como es el dinero o
el poder, la gloria humana o la posesión de esas cosas materiales, negando así
toda expresión de la dimensión trascendente del ser humano.
Parece
como si el hombre, al avanzar y crecer en la razón de ser que le dio su Creador
en sus orígenes –“creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla...” (Gn 1,
28)- entendiera completamente al revés la misión recibida, de forma que olvidara
por completo su destino de eternidad para caer en la tentación, tan humana como
frecuente y grave, de ignorar por completo su realidad humana, completamente
perecedera en cuanto al tiempo terrenal.
Y mientras
las personas no sean capaces de entender esta realidad, que nadie puede ignorar
pero que muchos optan por despreciarla al tan siquiera considerarla, no habrá
posibilidad de que la sensatez presida ciertos comportamientos humanos.
Veamos a
simple título de ejemplo. ¿Cómo es posible que una persona que defiende en
cualquier negocio humano el valor de la perseverancia, de la constancia, incluso
con privaciones y fuertes renuncias, no reconozca a renglón seguido que son en
estos valores sobre los que se han de sustentar algo tan esencial como la
familia?.
En los
negocios materiales se dice, llegado el caso, que se han de asumir todas las
decisiones tomadas ‘pase lo que pase’, y si no ‘haberlo pensado antes’. En
cambio, qué diferentes actitudes se mantienen frente a valores morales propios,
no solo ya de la familia citada, sino también de decisiones y actuaciones que
implican sensible y sentimentalmente a los otros.
¿Cómo es
posible que los desequilibrios de las personas que forman la sociedad y, por
tanto, de la propia sociedad sea tan fuertes, tan serios y tan graves?
Y como
siempre, cada uno dando el paso al frente para encarar la realidad y
cuestionarse, muy seriamente, para actuar, si no queremos ser devorados por los
entornos gélidos de la inmoralidad, que cuando no de la amoralidad, que vacía y
hasta neutraliza la conciencia y los sentimientos.
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