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¿Cuál será la razón por la que cueste tanto observar la puntualidad en la vida?

Porque, generalmente, ¡¡cuánto cuesta!!

Indudablemente, la puntualidad es un valor muy positivo en las relaciones humanas y en el intercambio de servicios que se dan y reciben en la convivencia ordinaria.

Pero lo cierto es que es un valor que no parece tener la categoría de tal, ya que hay una cierta complicidad implícita por la que, no solo no se hace casi ningún esfuerzo por observarla, sino que, además, se justifica con absoluta facilidad el no practicarla. Diríamos que la impuntualidad se tiene ya asumida como algo natural.

Parece que ante cualquier cita u hora prevista para acudir a cualquier acto, gestión o lugar de interés, se cuenta ya de antemano con un margen de un tiempo, de algunos minutos, para poder llegar después de la hora prefijada sin que a nadie extrañe lo más mínimo, ni exija, por tanto, ningún tipo de explicación o de reparación. Como mucho, se presentarán excusas con las consabidas disculpas, que no suenan sino a razones huecas porque ya se saben y se utilizan más allá de la estricta realidad.

Es verdad que el ritmo de la vida actual presenta no pocos inconvenientes para ir de un lugar a otro, de una gestión a otra, ajustando con precisión los tiempos necesarios.

Pero el problema no son estas realidades de los medios para desplazarse o las múltiples ocupaciones que se han de atender, sino más bien el escaso esfuerzo que se hace por ser puntual. Este es realmente, diríamos, el ‘drama’, porque no se tienen en cuenta las más elementales reglas de urbanidad, de convivencia, ni se atiende a la consideración y respeto que merecen los demás.

Si se trata de concertar una cita, se puede encontrar con la persona que descuenta previamente el tiempo de su propia impuntualidad, indicando a su interlocutor la hora 10 ó 15 minutos antes de la que él piensa llegar, y así no esperará cuando se demore en llegar esos minutos tarde o incluso algunos más.

Si estamos ante la hora de una cita para cualquier servicio: consulta médica, gestión de cualquier tipo que exige previa petición de hora, etc., qué raro es que se le asegure a la persona la atención en la hora indicada, llegando a ser una excepción el que así sea, cuando en todo caso la excepción debería ser lo contrario, o sea, el ser atendida más allá de la hora prefijada.

Aquí nos encontramos una vez más la paradoja de la inversión de los términos y de las realidades, pues se hace ordinario lo que es excepcional y excepcional lo que debería ser ordinario.

¡Cuántas incongruencias se van introduciendo en la vida con un consentimiento generalizado que debería avergonzar!

Toda esta situación provoca, a su vez, que la propia persona no haga el esfuerzo necesario que exigiría el ser responsable y respetuoso con la hora en que se le había citado, y así, no le importe llegar unos minutos después porque ya sabe que no llegará tarde, y si así fuera, ya hará uso de la excusa fácil que indicábamos más arriba.

Si se ha de acudir a cualquier espectáculo, conferencia o cosa similar, sabemos que aunque sea tarde se llegará a tiempo, porque se cuenta con “los minutos de cortesía” que aplicarán los organizadores para esperar a los más rezagados.

Total que una vez desde un lugar, otra desde otro, una vez siendo el que pone la hora y por tanto el responsable de que se cumpla, y otra vez en el sentido contrario, lo cierto es que no hay forma de conseguir que la puntualidad sea el verdadero árbitro de unas relaciones humanas que deben estar marcadas por la armonía y el buen hacer.

Con la falta de puntualidad las personas se hacen mucho daño a sí mismas y causan perjuicios de diferente orden a los demás.

Daños y perjuicios que no pocas veces afectaran a los intereses materiales, pero que siempre lo serán al menos de índole moral.

Pues aunque parezca que la moral tampoco importe demasiado en los tiempos que corremos, resulta que es la base sobre la que se construye una sociedad sana y equilibrada, capaz de afrontar con seriedad y serenidad todos los retos que la propia historia humana va poniendo por delante.

Una persona que en su vida permite la ausencia de la moral y/o de la ética, se puede decir que es un ser arruinado, abocado a llegar a las actitudes y comportamientos más monstruosos que quepa imaginar. Solo hay que abrir las hojas de los periódicos o prestar atención a otros medios de comunicación, para comprobar que desgraciadamente en lo dicho, la teoría se ve confirmada por la realidad demasiado cotidiana.