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 Hay dos realidades existenciales que las personas tenemos perfectamente sabidas: el nacer y el morir. 

Nadie duda que cualquier persona pasará un día por el trance de la muerte. Todo el mundo sabe que tiene que morir. 

Lo que no está ya tan claro es si se tiene asumida esta certeza de la muerte y en qué grado.

No se puede olvidar la perfecta diferenciación que existe entre la realidad teórica de las cosas y de los acontecimientos y la realidad experiencial o práctica.

Normalmente, como es en el caso de la muerte, la realidad teórica es perfectamente admitida por todo el mundo, pero el hecho real de la muerte, que acontece de una forma natural y regular en la sociedad humana, no parece que en el ámbito personal esté asumida de una forma natural.

Existe una conciencia cierta y clara de que los accidentes de carretera se cobran un alto número de vidas, de forma regular, cada fin de semana. Se sabe que actos de terrorismo, accidentes laborales o cualquier otro tipo de accidentes, incluso naturales como las muertes súbitas por causas cardiovasculares, cerebrales, etc., están llenando las páginas de sucesos cada día, pero a la hora de comentar estos hechos siempre se hace, no solo como realidades que han sido ajenas a uno mismo, como es lógico, sino que además lo seguirán siendo.

Cabe la posibilidad de que uno mismo pueda ser una de estas víctimas potenciales, pero, no es que no se quiera ser, como es natural, sino que tan siquiera se contempla como posibilidad real.

A las personas les cuesta mucho enfrentarse a realidad tan evidente como es la muerte.

Quizás, porque exista una serie de sentimientos y experiencias interiores y existenciales que no permiten fácilmente el encuentro sereno con la realidad de la muerte.

Quizás, el miedo a lo desconocido, el profundo vacío que se abre ante la realidad de la persona fallecida, tanto en los momentos inmediatos, cuando aún se tienen sus restos mortales, como en los días y meses posteriores en los que se la necesita, se la busca, se la echa de menos... y no se la encuentra.

Quizás, lo absurdo que puede resultar un final tan dramático de la vida humana, tan cargada de trabajos, de esfuerzos y de sufrimientos.

En todo caso, lo que parece evidente es que según las personas se colocan frente a la realidad de vivir, así son capaces de encajar y afrontar la realidad de la muerte y todas las demás que puedan surgir a lo largo de la vida, tanto en el orden positivo, como puede ser todo lo que constituye felicidad, paz, ilusión, alegría, etc., como las de orden negativo, enfermedad, dificultades o contrariedades, que a veces son de una envergadura y persistencia verdaderamente dolorosas.

Podríamos concluir que se hace necesario saber morir. Ya que sabiendo que es algo tan evidente y seguro que llegará, se sepa encarar y tenerlo en un plano natural de certeza, de manera que se tenga una actitud serena de espera, porque cuando hay ante sí un hecho o acontecimiento que se espera, porque así está previsto, la actitud humana es más positiva a asumir, encajar y vivir el hecho en cuestión.

En definitiva, es muy importante esta cuestión de la muerte en la vida del hombre, pues no en vano está en el horizonte de su existencia humana, por muy distante y lejana que se divise la raya que la marca y desde la que se accede una vez se traspasa.

Razón más que suficiente para aprender a caminar por la vida sin querer dar la espalda a evidencia tan irrefutable, lo que ayudará a bien vivir, pues cuando se tiene aceptada y asumida esta realidad, todo el quehacer en la vida terrenal adquiere un sentido mucho más profundo y trascendente.

Es entonces cuando se comprende que no merece vivir para valores puramente materiales nada más, porque al fin son perecederos y no dan mucho más de sí que un bienestar, que a su vez no deja de ser también efímero.

Pero, en cambio, si se trabaja y vive desde la verdad última del destino de la existencia humana, se aportará lo mejor que se tiene para construir un mundo más humano, más justo, más solidario y, sobre todo, más en el verdadero AMOR, que al fin es lo que permanece en el tiempo y en la memoria de la historia, más allá de la propia realidad del hombre una vez traspasa el umbral de la eternidad, en la que podrá experimentar lo que anuncia el libro del Apocalipsis 14,13: “Luego oí una voz que decía desde el cielo: Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora,  sí - dice el Espíritu -, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan.”