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EL SUFRIMIENTO: COMPAÑERO DE CAMINO

 

Muy pronto conoce el hombre el sufrimiento. Incluso lo siente mucho antes de     que sepa comprenderlo.  

 Es un compañero inseparable en su existencia terrenal que para nada le agrada, y que no parece que aprenda fácilmente a convivir con él.

 La persona, desde su más tierna infancia, rechaza el dolor, no le gusta el sufrimiento, y así lo va expresando de muy distintas maneras según su capacidad de comunicación.

 Pero el sufrimiento no es únicamente la consecuencia y expresión del dolor físico, también lo es del daño moral o de cualquier otra situación que lleva a un sentimiento de in-felicidad.

El sufrimiento también viene derivado de la ruptura del orden que debe sustentar cada situación que conforma la vida humana, de forma y manera que allí donde el orden está presente es muy difícil que el dolor y el sufrimiento lleguen a imponer sus consecuencias de abatimiento, etc.

 Por tanto, todo sufrimiento causa un quebrantamiento del estado de felicidad, al que el hombre tiende por la inercia propia de su ser a alcanzar la plenitud a la que está llamado.

 La persona sufre individualmente y sufre colectiva o comunitariamente.

 Sufre personalmente cuando el origen de su sufrimiento está en sí mismo o cuando la causa son otras personas o situaciones ajenas a sí mismo pero con incidencia directa.

 Y participa de un sufrimiento colectivo, cuando comparte aquellas situaciones que originan un sufrimiento generalizado.

 En todo caso, las personas están capacitadas para sufrir y para comprender el sufrimiento, lo que las habilita para ponerse frente a él y tomar una opción.

 Se podrá decir que son pocas las opciones que caben ante el sufrimiento, cuando además hay tantas situaciones en las que no se pueden evitar las causas, porque están por encima de lo que son las posibilidades humanas reales, pero, en cambio, siempre la persona tiene opciones para elegir y con las que posicionarse ante la situación en la que se encuentre, en este caso ante el sufrimiento.

 En primera instancia, se podrán buscar las posibles soluciones que haya para superar y resolver las causas y/o razones que causan ese sufrimiento en concreto.

 Y durante este proceso, así como después, se podrá optar por mantenerse en la lucha de la vida o dejarse arrastrar a la desesperanza, al abatimiento, a la depresión, etc. Pero siempre habrá una actitud con la que se dará respuesta a la situación desencadenada, acertada o desacertadamente.

 En la sociedad contemporánea, curiosamente se constata que conforme se van rompiendo muros, se van superando limitaciones y se van venciendo males de todo tipo, el sufrimiento, en cambio, no se le consigue erradicar, ni de la vida personal del hombre ni de la sociedad en general.

 ¿Por qué se da este contra sentido tan evidente?

 Indudablemente que hay muchas razones en las que no podemos extendernos por el espacio que disponemos, pero hay, sin lugar a dudas, una que marca la pauta: el egoísmo.

El egoísmo, personal y colectivo, que ha hecho al hombre un ser esclavizado de la economía y de sus resultados, que, contra viento y marea, han de ser siempre positivos, aunque sea a precio de la propia felicidad humana y siempre para asegurar, curiosamente, lo que se llama ‘el estado del bienestar’. Algo difícil de encajar muchas veces y también de comprender.

 Y mientras esto sea así, muy difícilmente se va a poder erradicar el sufrimiento, por más que se luche en el campo de la investigación para descubrir medicinas y medios que eliminen enfermedades, y por más que se logren avances y descubrimientos que procuren al hombre toda clase de medios técnicos que le faciliten la vida en todos los sentidos.

En definitiva, una vez más, cada persona tendrá que plantearse muy seriamente esta cuestión del sufrimiento, tan profunda como seria en sus consecuencias, en las que como en otras tantas facetas del dolor y del sufrimiento no hemos podido ni asomarnos para plantear también la interrogante de cómo afrontarlo y de cómo trabajar y luchar para erradicarlo.

 Mientras tanto, habrá que mantener la sensibilidad suficiente para acompañar y sostener a quien, más cerca o más lejos de cada uno, sufre sin poder luchar o superar tal situación, bien porque le falten los medios más elementales en lo material o las fuerzas mínimamente necesarias en lo moral.