|
.El Papa
de las sorpresas.
Se ha
dicho más de una vez que Juan Pablo II es el Papa de las sorpresas.
Y,
ciertamente, hay motivos para tal afirmación. Una de sus últimas sorpresas
fue la proclamación del Año del Rosario con la publicación de la
Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae en octubre de 2002: “Proclamo, por
tanto el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario”
Ya estamos finalizando este Año de Gracia y será interesante, no solo hacer
balance, sino mirar hacia el frente para seguir trabajando en la tarea de
extender el Reino de Dios, contando para ello con este medio e instrumento
de vida espiritual que es el Rosario.
“El
Rosario, dice el Papa, comprendido en su pleno significado, conduce
al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y
fecunda, espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la
formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización”.
Esta
invitación del Papa a la comprensión del Rosario “en su pleno significado”
espera la respuesta de cada uno de nosotros, que no debería ser si no de
tipo afirmativo.
Ello
comporta una reflexión seria y personal, pero, quizás más, una reflexión
comprometida.
De alguna manera, cualquier reflexión que se hace seriamente lleva implícita
el compromiso, porque la misma reflexión lleva a fijar un criterio, una
actitud, que ya en sí lo implica.
En
este caso el compromiso empuja a algo tan sencillo como es la experiencia.
La experiencia de lo que es, de lo que supone y de lo que aporta el Rosario
a la propia vida personal y a la vida comunitaria.
No
hay posibilidad de cumplir la premisa citada, del “Rosario comprendido en su
pleno significado”, sino es desde la experiencia.
Se
puede decir que la Fe y todo lo que ella expresa es cuestión de
experiencia antes que nada. Y es cierto. Pero hay aspectos que pueden
estar en uno u otro nivel, más en la formulación teórica o más en el
discurso teológico, más en las posiciones morales o más en el quehacer y
vivir de cada día.
Y el Rosario,
precisamente, pertenecería sin duda a este último nivel, pues se trata de
una forma de orar, que como bien se sabe, la oración comporta mantener
contacto y relación personal y directa con Dios, con objetivos tan definidos
como son el conservar la unión con Dios, darle el culto de adoración y
alabanza que la criatura humana le debe, conocer su santa voluntad para
cumplirla y, en definitiva, vivir en la máxima coherencia posible el
compromiso bautismal de ser testigos del Resucitado y heraldos de su
evangelio.
El
rezo asiduo del Rosario garantiza todo esto, porque en sus contenidos
encontramos, en primer lugar, la contemplación de los Misterios, que no son
otra cosa que ir recordando paso a paso la vida del Señor y de su Santísima
Madre.
Esta
contemplación está sostenida por la recitación del Padrenuestro, la oración
que Cristo mismo enseñó a sus discípulos (Mt 6,9-13), y la repetición del
Avemaría, que en su primera parte toma las palabras del Arcángel San Gabriel
a la Virgen María en la Anunciación (Lc 1,28), y las pronunciadas por su
prima Santa Isabel al recibirla en su visita (Lc 1,41-43).
Por
tanto se puede comprender con facilidad que cuando una persona reza el
Rosario se encuentra en una relación íntima y estrecha con Dios.
Está
contemplando los Misterios por los que Dios mismo se reveló en su Hijo
Jesucristo, y además está recitando las palabras que nacen del mismo seno de
Dios, con el broche en cada misterio de la Doxología, el canto de Honor y
Gloria a la Santísima Trinidad.
Es
igualmente fácil comprender porqué le gusta tanto a la Santísima Virgen esta
oración del Rosario, que tan insistentemente ha pedido a sus hijos que la
recen en los diferentes momentos de la historia de la Iglesia y más
particularmente en sus apariciones: Lourdes, Fátima...
Mediante el rezo del Rosario la Virgen María tiene en sus manos la oración
suplicante de sus hijos, que puede presentar al Padre con un gran poder de
intercesión, pues como se indica más arriba, lleva la fuerza de unas
oraciones que constituyen una y única ORACIÓN nacida del mismo AMOR del
Padre Dios.
Por otra parte, es
importante significar ese otro aspecto de la sorpresa que decimos a
comienzo. Se trata de la incorporación a los 15 Misterios existentes y que
componían el Santo Rosario, los 5 nuevos Misterios de Luz que ha incluido el
Papa.
No
cabe duda que es un enriquecimiento extraordinario, pues con los misterios
luminosos se llena un gran vacío que había en la meditación de los Misterios
de la Vida de Cristo, ya que su Vida Pública estaba ausente en la estructura
tradicional del Rosario.
Por
eso el Papa justifica así esta incorporación: “No obstante, para resaltar el
carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una consideración que
permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde
el Bautismo a la Pasión (...) Para que pueda decirse que el Rosario es más
plenamente ‘compendio del evangelio’...”.
El
Papa concluye su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae haciendo un
llamamiento a todos para que la oración del Rosario sea un nuevo punto de
encuentro de oración personal y comunitaria.
En su último punto se
dirige a todos: “Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al
mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad
cristiana”.
Y así, va pidiéndoles
a los Obispos, sacerdotes y diáconos, a los teólogos, a los consagrados y
consagradas, y a todos hermanos y hermanas de toda condición, que trabajen
para la recuperación y nuevo impulso del rezo del Rosario en la vida
cristiana.
Hagámonos eco de las
palabras últimas del Papa y respondamos con filial solicitud a su
llamamiento: “Tomad con confianza entre las manos el rosario,
descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia
y en el contexto de la vida cotidiana”.
|