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 Pureza de corazón

El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en su Bula “Ineffabilis Deus”.

Estamos, por tanto, en la celebración del 150º Aniversario de este importante acontecimiento en la vida de la Iglesia Católica.

Este Dogma acerca de la Concepción Inmaculada de María, significa que “la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente.....”

La Iglesia, no obstante, ya venía desde hacia muchos siglos profesando una gran devoción a la Virgen Inmaculada, habiendo testimonios de muchos santos, como San Francisco de Asís (siglo XIII), que no solo tenían esta devoción, sino que la exteriorizaban para extenderla..

El Papa Sixto IV, en el año 1483, cuatro siglos prácticamente antes de la proclamación del Dogma, extendió la celebración de la Fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

Ahora, al celebrar este 150º Aniversario, tenemos la oportunidad de reflexionar acerca de este privilegio de la Santísima Virgen.

Lógicamente se puede plantear esta reflexión desde los más variados ángulos y perspectivas que ofrece, pero desde aquí solo se pretende un objetivo: llamar la atención ante este singular acontecimiento y lograr entre todos un conocimiento más completo y más perfecto, no solo de este importante Dogma sino de todo lo que es y representa la Santísima Virgen en la vida del hombre contemporáneo.

Vivimos inmersos en un mundo que busca resultados fáciles e inmediatos en todo aquello que emprende. Que no quiere perderse en demasiados romanticismos, porque los objetivos que se marca los quiere conseguir rápidamente.

Quiere ser dueño de su libertad, aunque no pocas veces de forma paradójica, somete esta libertad a dependencias o esclavitudes que, por más sutiles que se le presenten, no dejan de tener un resultado mordaz y hasta cruel en la mayoría de los casos.

Todo ello representa una realidad que se empeña en esconder los valores más nobles que lleva el corazón humano y de los que la Virgen María dejó buen testimonio a lo largo de su vida terrenal.

Detenernos ahora en exponer todas las virtudes que vivió María, sería una larga tarea que no admite la extensión de esta reflexión, pero sí podemos detenernos en alguna más significativa que emana de su Concepción Inmaculada y que para nosotros puede resultar significativa y de un gran valor.

La rectitud de intención y la pureza de su corazón, emergen en María inmediatamente que el Arcángel San Gabriel comienza a hablarle en la Anunciación.

El Arcángel empieza saludándola en Nombre de Dios y Ella lejos de sentirse halagada y perdida en su propia complacencia, dice el evangelio que “se conturbó por estas palabras y se preguntaba que significaría aquel saludo”.

No entra en cavilaciones sobre un hecho realmente extraordinario que a cualquiera le envolvería poniéndole en una situación especial, precisamente por el ambiente extraordinario que se había creado por la presencia, nada menos, que de un Arcángel, de un enviado de Dios.

En su silencio meditativo espera más explicaciones y el Arcángel le detalla la pretensión de Dios sobre Ella, manifestándose inmediatamente su rectitud de intención y pureza de corazón que apuntábamos más arriba, pues lejos de aceptar a ciegas y asegurar para sí tan altísimo privilegio, expone los argumentos que le parecen hacen imposible lo que le ha dicho el Arcángel.

 “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”, le dice María a Gabriel. Y solo cuando él le explica cómo va actuar el Altísimo, Ella acepta con toda sencillez, transparencia y rotundidad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

Sin duda que este episodio, decisivo en la historia de la humanidad, es la consecuencia del privilegio divino por el que María ha sido concebida sin pecado original, pero que en ningún momento menoscabó su libertad como criatura humana y, por tanto, con la capacidad suficiente para aceptar o rechazar al igual que cualquier criatura humana.

Estas dos virtudes de María, la rectitud de intención y la pureza de corazón, son tan significativas en el entorno que vivimos, como importantes y necesarias.

En las relaciones humanas y a todos los niveles posibles, se observa que el hombre cae fácilmente en la tentación de acomodarse a lo que sea, con tal de ir logrando todo aquello que se tiene marcado como objetivo o que se le va presentando para un mayor interés personal. En una palabra, no presenta todas las cartas, no las pone, como se dice habitualmente, “boca arriba”.

Ello supone abandonar la rectitud de intención que debería acompañar siempre a la persona en cualquier acto o relación humana, aunque a veces pudiera verse perjudicado por haber actuado con transparencia y honradez.

De igual forma podemos decir de la pureza de corazón, aunque en esta virtud de María el hombre encuentra una inagotable fuente de luz para una vida como la actual en la que precisamente la pureza está tan atacada, tan abandonada, tan mal vista y tan vilipendiada.

Curiosamente en las Bienaventurazas el Señor Jesucristo marcó muy alto esta cuestión de la pureza cuando dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Es imposible alcanzar la pureza en cualquiera de sus manifestaciones en la vida humana sin cuidar y cultivar la pureza de corazón, con todas las exigencias que ello conlleva.

Es verdad que los atractivos que tantas cosas de este mundo presentan en el orden de las comodidades y de los placeres,  no hacen fácil vivir la pureza a imitación de María, pero si se quieren alcanzar los frutos del Espíritu Santo, se ha de trabajar por lograr que la propia vida tenga en activo la gran virtud de la PUREZA.

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. Por tanto, son la garantía de una vida a imitación de María, nuestra Madre y nuestra Guía.