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Constancia
La constancia suele ser uno de los
denominados “caballos de batalla” que tienen las personas. Es una de las
constantes de la vida humana más difícil de mantener.
Ello hace que siempre se
encuentre, en el comienzo de cualquier proyecto sugestivo, un grupo
suficiente de personas deseosas de ponerlo en marcha, pero iniciado y pasado
el tiempo van quedándose en el camino, poco a poco, miembros de ese grupo
hasta poder llegar a hacer peligrar su continuidad.
Este fenómeno lo vemos repetirse
en infinidad de aspectos de la vida humana y de la propia convivencia entre
las personas.
¿Y por qué es así? Nos podemos
preguntar. Pues sencillamente porque la perseverancia es harto difícil
mantenerla, ya que estar activo en cualquier proyecto, trabajo o estado de
vida, exige muchas cosas que al hombre le es difícil mantener.
En toda situación en la que han de
intervenir varias personas, aunque solo sean dos, como es el caso del
matrimonio, se exige un alto grado de miras, pues de lo contrario las
pasiones del corazón, como puede ser el egoísmo, la misma vanidad u otra
cualquiera, harán que se haga insostenible el camino de ese objetivo común
que se está planteando conseguir.
También a nivel individual ocurre
lo mismo. Quizás podríamos decir que con más dificultad, pues la persona
individual ha de luchar solo en todos los frentes que se abren de esas
pasiones del corazón aludidas.
Y es una
lástima, porque cualquier proyecto que el ser humano se pueda proponer en
orden a la superación personal, a la mejora en cualquier expresión de la
propia vida humana, etc., es algo extraordinariamente positivo que responde
a la vocación intrínseca al ser humano, cual es la construcción de un mundo
nuevo, un mundo mejor y diferente del presente en el que la “contaminación”
que produce el desorden, tanto personal como colectivo, conduce a una vida
nada feliz, ni sana en el orden moral.
Siempre es
posible, ciertamente, poder volver a
empezar por más que se vayan abortando
proyectos y actividades comenzadas con tanta ilusión, y que tarde o temprano
se les deja caer o fracasar por el abandono en las responsabilidades
contraídas "a priori".
Y habría que
decir más: Siempre es posible volver a empezar y hasta habría obligación
moral de hacerlo, porque es la única forma que tiene la persona para ir
corrigiendo el defecto casi congénito que tiene de la falta de constancia en
las cosas y la falta de perseverancia, aún en los compromisos más serios que
pueda tener adquiridos.
uántas veces
para justificar cualquier comportamiento de abandono o dejación de
responsabilidades adquiridas, se plantean argumentos que aunque el que los
esgrime parece creérselos, ciertamente no son otra cosa que la expresión
caprichosa de una voluntad inconstante y no perseverante.
Estas faltas
de constancia en la vida producen y acarrean mucho sufrimiento a las
personas que las sufren, pero también son causa de sufrimiento y malestar
para aquellas otras personas que están dentro del ámbito de vida de esa
persona.
No cabe duda
que si las personas fueran capaces de reflexionar un poco más, tanto en los
proyectos que van a iniciar como en las consecuencias de los que tienen en
marcha, seguro que se pensaría un poco más no dejarse arrastrar ciegamente
por unos egoísmos que a la larga no reportan otra cosa más que
insatisfacción y frustración.
Al comienzo
de cada curso, se presenta una de esas oportunidades importantes para volver
a empezar, o para continuar con renovada ilusión en aquella situación a
punto de romperse, porque venía faltando el fuelle necesario de la
constancia, de la atención tantas veces sacrificada que exigen los
compromisos adquiridos.
Ojalá que
sepamos aprovechar todas las oportunidades que se presentan para volver a
empezar, o para continuar en tantos proyectos de vida que bien merece la
pena seguir trabajando.
Y también,
incorporarse a aquellos nuevos proyectos que se ofrezcan en los que seguro
hay mucho que se puede aportar, y también mucho que recibir para el propio
crecimiento personal.
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