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Las dos direcciones de la vida
La vida tiene dos direcciones.
Una por la que el hombre avanza haciendo camino, mientras va
gastando el tiempo de su jornada terrenal.
La otra viene hacia él, trayéndole acontecimientos y situaciones
que no preveía, que no esperaba, que sencillamente le rompen o alteran los
cálculos con los que había planteado sus objetivos laborales, sociales,
familiares... O que, por el contrario, le brindan otras posibilidades que no
había tenido en cuenta.
Como quiera que sea, vivir en esta sociedad de comienzos del
siglo XXI, no es nada fácil
siempre que se quiera hacer desde valores y principios morales, que chocan
frontalmente con el doble juego al que acuden las personas para ir,
diríamos, trampeando. Para conseguir conciliar algo tan opuesto a veces,
como es seguir la vida desde los principios de honradez
y honestidad, y, a la vez, ir asumiendo todo lo
que nos llega, venga de donde venga, aunque suponga sacrificar
algunos de los principios propuestos, desde los que únicamente se pueden
construir una sociedad justa y solidaria.
No pocas veces se presentan ante sí unos panoramas
desalentadores, que se apoyan en intereses, bien de tipo personal o
colectivo, pero intereses, al fin, que no se sustentan en esa justicia y
solidaridad necesarias en toda sociedad, que se proponga crecer al servicio
de la persona y de su bienestar social y espiritual.
El hombre, vemos que es capaz de sacrificar cosas esenciales por
ir consiguiendo pequeñas cosas que le seducen, pero que son tan transitorias
y pasajeras, como caducas en el tiempo más inmediato.
Todo aquello que da fundamento a la persona en su propia
identidad, en su propia personalidad, cuesta mucho trabajo irlo
consiguiendo, manteniéndolo y, al mismo tiempo, consolidándolo; pero este
trabajo, que no es otra cosa que sacrificio y renuncia personal, no se le
quiere porque resulta negativo y poco productivo en la mentalidad
mercantilista en la que se ha instalado esta sociedad.
Ante estas actitudes, la persona se hace totalmente vulnerable a
las influencias que le llegan del exterior, convirtiéndose en un ser
manipulable y dirigido por los intereses fácticos de una sociedad corrompida
en tantos aspectos, que antepone cualquier objetivo económico o materialista
a los valores morales que planteamos más arriba.
Sin duda, podríamos poner infinidad de ejemplos que están ahí y
que cualquiera los ve, pero que como seres anestesiados, las personas miran,
ven, oyen, o comentan, incluso, pero ante los que, a la vez, no hay reacción
en contra si, por el contrario, no lo decide alguno de los poderes que
dirigen o manipulan la sociedad.
¿Queremos ver algún ejemplo? Pues ahí está el aborto.
La sociedad se subleva, y con razón, contra la pena de muerte o
contra la guerra, pero al mismo tiempo consiente y va dando muerte, a una
cantidad, en crecimiento cada año, de seres no nacidos, por el simple hecho
de no aceptar un embarazo al que en principio se aspiraba al mantener
explícitamente aquellas relaciones sexuales que están orientadas a propiciar
precisamente los embarazos; . Y aquí, una vez más, está ese doble juego que
mantienen las personas.
Pero volviendo a este ejemplo del aborto, al que, como tantas
otras cosas, la sociedad se va acostumbrando, porque así lo tienen decidido
los poderes manipuladores de esta sociedad, nos ofrece unas cifras que
cualquier persona de bien ante ellas, no puede, por menos, que sentir
escalofríos.
En España, según los datos oficiales, en el año 2004 hubo 84.985 abortos, un
6,5 % más que el año anterior. Como cada año, una tasa en crecimiento que
habla por sí sola de lo que estamos planteando, sin olvidar que se trata de
datos oficiales, y, por tanto, están excluidos aquellos otros abortos que se
escapan del control oficial y que seguro que incrementarán notablemente la
estadística.
Desde la despenalización del aborto en España, en el año 1985,
se contabilizaron hasta 2004 la cantidad oficial, más que alarmante, de
929.363.abortos, lo que quiere decir que al momento presente, se habrán
rebasado ya con creces el millón de abortos. ¿Puede esta sociedad estar
orgullosa y satisfecha de estos hechos desgraciados, tan evidentes como
elocuentes?.
Pero ahí está, también, la respuesta hipócrita de una sociedad
que para nada se revela masivamente, ni protesta, ni hace nada para que no
siga corriendo sangre inocente, pues ¿puede haber sangre más inocente que la
de un ser humano indefenso, tan indefenso que no ha visto la luz de la vida
humana?.
Pero esta misma sociedad, en cuanto la den el grito de “en pie”
saldrá a la calle a gritar en favor de la vida y contra la guerra o la pena
de muerte, al tiempo que sigue admitiendo junto con los abortos, los
desórdenes, atropellos, crímenes fruto de la violencia doméstica, o
cualquier otra manifestación de destrucción que van emanando de una forma
natural y espontánea de la misma sociedad enferma.
Indudablemente, la gravísima responsabilidad de aquellos que
mueven los hilos de esos poderes fácticos, que dirigen la sociedad según los
propios intereses, es absolutamente condenable. Pero también hay que señalar
con toda firmeza que cada persona tiene su responsabilidad propia, de la que
en modo alguno puede abdicar y aunque sea verdad, que generalmente y en la
práctica cotidiana se comporta pasivamente ante su responsabilidad personal
y social, hay que afirmar que no existe otra alternativa posible para
alcanzar un poco de cordura, que frene la deriva moral y social por la que
se va avanzando con una apariencia tan natural, que hacer un ejercicio
frecuente y serio de toma de conciencia de la realidad, para luego hacer el
esfuerzo de una lucha personal y colectiva contra todas estas realidades.
Una sociedad enferma conduce inexorablemente al fin de la propia
civilización, porque va socavando los pilares y principios que la cimientan
y la sostienen.
Es curioso, que siendo el hombre un ser con capacidad de
memoria, de pensar y de razonar, y por ello, capaz de darse cuenta de los
resultados que darán unos u otros comportamientos, no se esfuerce un poco
por ver la verdadera realidad y tomar, frente a ella, las actitudes que sean
necesarias.
No hay disculpa posible. Si la persona es manipulada y dirigida
según intereses ajenos por completo a los valores más esenciales y queridos
por la propia persona, la responsabilidad termina estando en aquel que se
deja manipular, aunque sea a cambio de unos bienes materiales que se tornan
tan efímeros como portadores de la infelicidad que dicen evitar en el
momento más inmediato.
Pero, cuando no se reflexiona, cuando no se quiere ver más allá,
cuando no se quiere aceptar un mínimo de sacrificio y de renuncia personal
inmediata, es imposible neutralizar la avalancha agresiva de quien manipula
y dirige las masas por intereses, propios de una sociedad materialista y
paganizada.
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