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GRANDES RETOS
La sociedad tiene ante sí grandes retos. Esta afirmación, que puede parecer
un tópico, resulta que no lo es.
Tampoco es un titular grandilocuente que permita hacer un discurso, más o
menos demagógico, en busca de unos postulados de cualquier orden: social,
laboral, político...; sencillamente es una realidad.
Si
atendemos a los comportamientos más habituales que se encuentran en el
diario transcurrir de la vida de las personas, se puede observar que los
valores que rigen son bastante personalistas, deficientes y con objetivos a
conseguir inmediatos.
No se
quiere pensar en las consecuencias de situaciones o de decisiones que se
presentan para medio o largo plazo, y si alguna hay en este grupo, debe
llevar, simplemente para ser contemplada, la garantía de lo material y
económico. Es curioso observar la
sensibilidad de las personas, que en su propia concepción humana, moral y
espiritual la hace el ser más perfecto que hay, en cambio, se produce un
proceso de reduccionismo que termina dando unos resultados alarmantes.
Se es
muy sensible a las cuestiones materiales, económicas. Hay medios económicos
para hacer todo tipo de salidas: ocio, espectáculos, viajes variados,
vacaciones, etc., todo va estupendo.
Por
consecuencia si no hay interés material por medio, todo termina siendo
relativo, quizás, muy relativo.
Se es
sensible a una dificultad más o menos grave en la inmediatez de su
aparición, pero cuando pasa un periodo de tiempo, no excesivo, ya aparece
todo un proceso de inhibición y de búsqueda de salidas para deshacerse de
esa situación.
Es
cierto que en este grupo hay veces que estas dificultades son de tal calibre
o afectan tan directamente, que por mucho que se quiera huir no se pueden
evitar sus consecuencias, pero aún así, quién no conoce personas que viven
sin la atención debida de sus deudores naturales.
Se es
sensible a cualquier tragedia de cualquier magnitud, sea de tipo natural,
sea por causa violenta o de cualquier otro orden.
En
este caso, inmediatamente la sociedad se pondrá en pie, se organizaran
manifestaciones de repulsa, cuestaciones para recaudar dinero para los
damnificados, etc., pero pasara el tiempo, no excesivo igualmente, y solo
quedará el recuerdo muy difuso, denominado así porque faltará el coraje, si
fuera necesario, para conseguir la solución al problema surgido o para
exigir las responsabilidades que se puedan derivar.
Cada
día van aflorando noticias de sucesos de la más variada delincuencia que
hasta hace poco eran inimaginables y que están socavando alarmante y
lentamente la convivencia.
Ahí están un buen número de actos delictivos
que van haciendo un daño grave a la sociedad en las personas o familias
afectadas, pero “como a uno no le ha tocado”, pues después de encogerse de
hombros mostrando su impotencia, sigue cada cual su camino sin que, fruto
del coraje apuntado más arriba, se le exija a nadie responsabilidades de
ningún tipo.
A
quien le ha afectado directamente el suceso, sufre las trágicas
consecuencias; si puede, lo divulga, pero al final surge como una respuesta
silenciosa, que lleva el mensaje de: “té a tocado a ti... y que le vamos a
hacer”.
Por
el contrario se muestran exigencias en todo lo que ya se ha apuntado más
arriba que parece interesar de una forma prioritaria y casi exclusiva: ocio,
espectáculos, viajes variados, vacaciones, etc., resultando modos y
comportamientos tantas veces groseros y de mal educados, porque no se
permite a la persona que atiende ningún fallo o porque se pretende obtener
una comodidad, un placer u otra cualquier cosa que son imposibles ofrecer de
forma normal.
Aquí
la pérdida de esa sensibilidad que venimos comentando hace que la persona se
comporte de una manera impropia, olvidando su propia condición y sus propias
limitaciones, que tantas veces le han mostrado sus muchos fallos y
deficiencias en el comportamiento con los demás precisamente.
El
reto que tiene la sociedad, que tienen las personas para acabar con tanta
insensibilidad y conseguir, por el contrario, desarrollar esta cualidad
humana que la hace capaz de poder afrontar cualquier circunstancia, dándole
la respuesta moral más adecuada, es identificar y reconocer en profundidad
el asunto de que se trate.
De
nada sirve ponerse delante de cualquier cuestión, de cualquier realidad, del
tipo que sea, o que una persona tenga un problema, una adicción, o cualquier
otra situación problemática, que mientras no se identifica la realidad y no
se la reconoce como tal, se hace totalmente imposible la reacción necesaria
para ponerse en el movimiento lógico de arreglar o de superar el tema en
cuestión.
La
inclinación natural que tienen las personas a dejarse llevar de los afectos
de compasión, humanidad y ternura, expresión de lo que es la sensibilidad,
necesita ser atendida y cultivada.
Esto
supone un esfuerzo personal considerable y continuo, que es, quizás, lo más
costoso, porque la propia sociedad, con todos los medios a su alcance, no
invitan precisamente a perseverar y a ser constantes en los buenos
propósitos.
Con
no poca facilidad se abandonan compromisos serios por razones de
conveniencia, de egoísmo o de cualquier otro tipo que van marcados por esas
señales de materialismo que ya se han señalado.
Pero
en todo caso, es un reto personal descubrir y ayudar a descubrir a los
demás, que en los valores más inherentes a la naturaleza humana son en los
que han de asentarse el desarrollo de la vida personal y en el de todas las
demás manifestaciones de la vida.
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