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BENEDICTO XVI
Benedicto XVI ha venido a España.
Aún
está muy reciente, en la retina de los ojos y en la memoria, la presencia
del Papa en Valencia los días 8 y 9 de julio de 2006.
Apenas han pasado un puñado de semanas y sería muy interesante reflexionar
un poco, ya en la distancia, sobre este acontecimiento vivido en Valencia
particularmente, y en España de una forma general, claro, que podríamos
decir, en el mundo entero.
El
Papa Benedicto XVI se mostró en Valencia con una cercanía y naturalidad, que
llama la atención cuando se piensa en aquel Cardenal Ratzinger aparentemente
tan frío y distante. ¡Qué equivocación tan grande!
En
nuestro Papa actual se ha cumplido, de una forma exacta, las palabras del
Señor Jesucristo: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el
que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Mt
23,11-12). Véase, como simple ejemplo, los datos de asistentes a las
audiencias generales.
Desde
su gran categoría humana e intelectual, muestra la sencillez del hombre que
se sabe “un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor”, como él
mismo manifestara en su primer saludo como Sumo Pontífice, lo que le ha
llevado a manifestar de forma transparente el Señorío de Cristo.
La
espontaneidad en sus gestos, la profundidad de sus palabras, la claridad de
las ideas que expresa, capaces de ser comprendidas por cualquier persona de
cualquier condición social e intelectual, hace que todo el mundo lo sienta
cercano, Padre y Pastor.
Y así
fue también en Valencia, desde el momento de pisar tierra española hasta el
momento de su partida.
Quienes se empeñaron en oscurecer o difuminar su presencia, su figura y su
mensaje en Valencia con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, no
pudieron hacer nada ante un hombre capaz de ser portador fidelísimo de
Cristo, del que no solo es su Vicario en la tierra, sino que vive de su AMOR
y lo manifiesta en todos sus pasos y gestos.
Con
gran sencillez, pero con ese Señorío que antes comentábamos, transmitió su
mensaje evangelizador a todas las familias del mundo y, también, a todos los
hombres de buena voluntad que, por su sensibilidad, son capaces de reconocer
la belleza y la verdad.
Ante
una sociedad tan hostil como la nuestra, él se manifestó sencillo en sus
gestos y, tan claro como contundente, en sus afirmaciones y argumentos
expresados en sus dos grandes homilías, la del encuentro con las Familias,
el día 8, y la de la Santa Misa, ya en la clausura el día 9.
Bien
merece la pena repasar una y otra vez estos textos, para beber hasta
saciarse de una doctrina profunda y liberadora de toda angustia que se
quiera presentar en las personas. Doctrina clara, capaz de disipar toda duda
e inquietud que facilita la vida actual, que se empeña en construirse desde
la permisividad, el relativismo y el hedonismo tan denunciados por el Papa.
Ya en
el saludo de bienvenida, en el aeropuerto de Manises, dijo: “Mi deseo es
proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la
familia fundada en el matrimonio. Ésta es una institución insustituible
según los planes de Dios...”, algo que en nuestro mundo y particularmente en
España, necesitamos tener muy presente en momentos tan convulsivos como los
presentes.
En el
rezo del Ángelus, dirigiéndose a los seminaristas, dijo: “El amor, entrega y
fidelidad de los padres, así como la concordia en la familia, es el ambiente
propicio para que se escuche la llamada divina y se acoja el don de la
vocación”. Este pensamiento sirve para darse cuenta que “el don” de
cualquier vocación, fructificará sólidamente en la familia cristiana,
construida sobre las bases señaladas por el Papa.
En
la noche del día 8 y en el encuentro de oración, dijo: “La familia es un
bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la
sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien
insustituible para los hijos... Proclamar la verdad integral de la familia,
fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es
una gran responsabilidad para todos”.
Mucho
podríamos comentar de esta cita, un solo párrafo de un discurso amplio e
intenso, pero quizás lo más importante sea la exigencia que muestra la
última frase: “Proclamar la verdad integral de la familia..., es una gran
responsabilidad para todos”.
Que
el compromiso cristiano impulse a todos a cumplir con este deseo del Santo
Padre, que verdaderamente es una seria obligación cristiana.
En la
homilía de la Santa Misa, que clausuró el V Encuentro Mundial de las
Familias, el Papa volvió a dibujar un hermoso mosaico de la familia, de la
transmisión de la vida, de la fe, de las tradiciones y de las raíces
históricas de cada hombre, y que cada matrimonio realiza en la plenitud de
Amor de su unión.
En un
momento de esta hermosa y hasta grandiosa homilía, cuyo texto habla por sí
mismo sin necesidad de mucho comentario, el Papa dijo: “Ningún hombre se ha
dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos
elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las
verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección
en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el
matrimonio indisoluble entre hombre y mujer, expresa esta dimensión
relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer
con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral”.
Y ya
para concluir, dejemos constancia de unas palabras de Benedicto XVI en la
ceremonia de despedida en el aeropuerto: “Confío en que, con la ayuda del
Altísimo y la maternal protección de la Virgen María, este Encuentro siga
resonando como un canto gozoso del amor, de la vida y de la fe compartida en
las familias, ayudando al mundo de hoy a comprender que la alianza
matrimonial, por la que el varón y la mujer establecen un vínculo
permanente, es un gran bien para toda la humanidad”.
En
las manos y posibilidades de cada uno está que no se apaguen, ni los ecos
del V Encuentro Mundial de las Familias, ni los de la visita del Papa a
España con este motivo
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