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                P A Z

La convivencia humana se desarrolla a través de las diferentes actitudes, comportamientos y manifestaciones de las personas entre sí. 

            El lenguaje, a través del cual se comunican los pensamientos, sentimientos, deseos, opiniones, decisiones, etc., es uno de los canales preferente por el que se establece y desarrolla la convivencia, ya que ayuda notablemente a conseguirla buena y correcta, o, por el contrario, la entorpece y dificulta, y, en el peor de los casos, puede llegar a destruirla.

             Todo ello depende de cómo se utilicen las diferentes palabras y los conceptos que éstas significan, más la pretensión o interés que acompañe al discurso. Y también los comportamientos, que no siempre responden a los compromisos contraídos y/o manifestados verbalmente.

             En principio, todo lo que envuelve al ser humano, junto con sus facultades, capacidades, valores, etc., es bueno, y como tal, debe beneficiar la convivencia entre las personas en todos los niveles que ésta se manifiesta: familiar, laboral, social...

             Pero, en cambio, la realidad que se vive en la sociedad dice que las relaciones Interhumanas están carentes, muchas veces, de la armonía que, no solo es de desear, sino que las personas necesitan como algo natural, pues la paz y la armonía es el estado propio y natural de la persona, tanto en el ámbito individual como colectivo, por más que no parezca que es así.

             Y, curiosamente, se constata con una gran facilidad que, tanto a nivel individual como comunitario, hay un gran déficit de esa paz porque no se da la armonía necesaria en todo lo que es el comportamiento humano. Lo propio y natural de la persona, que se apunta más arriba, se convierte en algo raro e incluso extraordinario.

            ¿Cuáles serían, entonces, las razones o causas para que no se constate en las familias, en las personas, en los hogares, etc. la deseada paz? 

            Hay que distinguir, antes que nada, que de los dos niveles establecidos: individual y comunitario, el primero es el más importante, y con mucho, pues donde no hay una persona en armonía personal y con paz interior, no existe el individuo que, en su relación con los otros, pueda aportar elementos de paz a la convivencia que necesariamente debe mantener con su entorno, y más allá del mismo, como son toda clase de relaciones que surgen y se exigen con personas desconocidas, e incluso las que son de una forma circunstancial y esporádica. 

            ¿Queremos trabajar por la paz? 

            Indudablemente que es un reto digno de todo esfuerzo, y, además, algo que debían perseguir todas las personas como uno de los primeros compromisos vitales en los que se deben implicar. 

            Pero en esto de trabajar por la paz no valen las actitudes hipócritas, desde las que se predica esa paz, mientras se mantienen personalmente todo tipo de egoísmos, envidias, injusticias, etc., que en nada ayudan a mantener la armonía previa y necesaria a la consecución de la paz. 

            Porque, aunque no se quiera, las actitudes íntimas y personales se reflejan y proyectan en la convivencia, dando el resultado real que haya en el interior de la persona, que, lógicamente, cuando son fruto de actitudes negativas, al fin aparecen la confrontación y la división, por más que se quiera aparentar un ambiente de paz, que lógicamente es totalmente incompatible. 

            Desde aquí se puede reflexionar sobre la diferencia que hay entre la apariencia y la realidad, pues cuando aquella se construye desde los presupuestos apuntados de hipocresía, mostrando buenos propósitos o haciendo planteamientos grandilocuentes, sin que la realidad se construya desde el espíritu honrado y honesto que exige la armonía personal, la realidad que se pretende mostrar como paz verdadera, se constata muy alejada de lo que muestra la apariencia y de lo que realmente es la paz y los frutos que ésta da.

            Por tanto, todo este planteamiento de la convivencia en paz y armonía, está exigiendo que se atienda bien a lo que verdaderamente hay detrás de las palabras y de los discursos, para comprobar si existe o no, concordancia entre lo que se dice y lo que se vive realmente.1

            Y a partir de aquí, que cada uno saque sus propias conclusiones, tanto como la persona que tiene que construir y transmitir la paz, como el individuo que tiene que recibir del otro lo mismo. Y así, sí que la convivencia será posible, gratificante y constructiva; de muy grandes beneficios para toda la sociedad que se va haciendo día a día con la aportación de cada persona y de todas a la vez.