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           R E S P O N S A B I L I D A D

Qué fácil es encontrar al culpable, y no precisamente uno mismo, cuando una situación se torna negativa o es anómala.

            Es algo que se puede comprobar con gran facilidad y sin necesidad de ir muy lejos.

            Cualquiera sabe que le resulta muy difícil reconocer los propios errores, tanto para sí como ante los demás, aunque esto último sea aún más complicado, porque el respeto humano, la falta de sencillez o de humildad, el orgullo, la vanidad... llevan a la persona a no mostrarse con la transparencia deseada y necesaria.

            Pero estos motivos no parece que sean los que realmente hagan que la persona reaccione con un comportamiento, social, comunitario o personal, poco defendible, y tantas veces injustificable.

            Mas bien habrá que encontrar la respuesta en el escaso sentido de la responsabilidad con el que se vive.

            Echar la culpa al otro por sistema, o querer justificar la situación incorrecta, con todos los perjuicios que ello acarrea, sin aceptar lo que puede ser más que probable: que alguna responsabilidad tiene uno mismo en el hecho o situación negativa surgida, no deja de ser algo, cuando menos, bochornoso.

            Parece que estos tiempos no se caracterizan, precisamente, por encontrar en la sociedad personas capaces de un compromiso coherente con el lugar que les ocupa o la responsabilidad que les corresponde. Se prefiere pasar sin significarse, y poder, así, marchar subidos al tren de la vida sin complicaciones.

            Estimulados por la sociedad de consumo y apegados a todo lo que ella ofrece, se va dando de lado a valores importantes para la persona y el entorno vital que la acompaña.

            No se quiere atender a las condiciones y consecuencias que impone este “tren de la vida sin complicaciones”, a las “exigencias” que va imponiendo progresivamente y que terminarán condicionándolo todo, de tal forma, que puede llevar a la persona a situaciones definitivas y sin retorno.

            Se puede llegar a verdaderas esclavitudes sutiles, que, sin tal apariencia, hacen que las personas vivan inmersas en unos roles impropios de su situación personal y social real, o lejos de unos principios morales que recibió en su momento; que cultivó y que, de una forma bastarda y engañosa, abandonó en un momento dado, ante cualquier señuelo de bienestar: dinero, parcelas de influencia y de poder, vanidades del mundo, etc.

            Y a cambio de todo esto, la persona, que aparentará felicidad, en el fondo será una felicidad ficticia, porque realmente no está viviendo como sus principios marcaban y exigían. Disfrutará de un bienestar exterior, que no pocas veces se le hará cuesta arriba, porque también éste pedirá unas compensaciones duras de satisfacer. Bienestar material que quisiera cambiar por la paz de su conciencia, que, con alguna frecuencia, se ve violentada al tener que aceptar y secundar pensamientos y acciones que la repugnan, o simplemente contrarios a sus principios morales.

            Lógicamente toda esta situación no termina en la persona individual, sujeto de un comportamiento responsable o irresponsable, sino que por derivación lógica afecta e influye en su entorno de influencia: familiar, laboral, social, etc.

            Y lo hace de una forma tan determinante, que sin poder evitarlo ejerce unas consecuencias benéficas o negativas, según la realidad y el desarrollo del comportamiento en cuestión.

            Sin duda que está bien que la persona se esfuerce por conseguir un bienestar familiar, laboral y social adecuado, y lo más beneficioso posible para sí y los suyos, pero lo que nunca debe hacer es hipotecar los valores esenciales, que han de ser el motor de la vida, por realidades terrenales que son tan superfluas como transitorias.

            Es una verdadera lástima que el hombre, ser trascendente en su esencia misma, se comporte tantas veces como algo exclusivo de este mundo terrenal, con la paradoja de que, como interiormente siente su trascendencia, reduzca esta vida trascendente a la misma materialidad, y pretenda que lo transitorio y caduco sea como si fuera a durar siempre, aunque en el fondo sepa que no es así, pero todas sus respuestas a la vida pretenden que testimonien lo contrario.

            A la base de toda esta realidad está el sentido de la responsabilidad, de la que lamentablemente se abdica con alguna frecuencia, sin reparar en que al vivir sin este sentido de la responsabilidad, lo que termina lográndose es, de alguna manera, la degradación misma de la persona, porque entre las pérdidas más sensibles estará la pérdida de su auténtica la libertad.

            Se quiera o no, la persona tiene una capacidad de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de lo que hace libremente. Y esta capacidad se llama responsabilidad.

            Cuando la persona se comporta responsablemente quiere decir que para ella no cabe el “todo vale”, que se ejercita con demasiada frecuencia en nuestra sociedad contemporánea, porque priman los egoísmos y deseos de cualquier tipo, que han de conseguirse “como sea”. Se dice que no, porque la justicia y los derechos humanos prevalecen por encima de todo, pero al fin, en la brega diaria de la vida, se comprueba infinidad de veces que el comportamiento personal no es así.

            Los medios de comunicación, particularmente los denominados ‘de masas’, hacen un muy mal servicio a las personas y a la sociedad cuando no fomentan este sentido de la responsabilidad, mostrando modelos de comportamiento que para nada están determinados por los principios de la libertad interior auténtica, que ha de llevar a la exigencia personal del reconocimiento y asunción de las consecuencias en todas sus dimensiones y las respuestas que éstas demanden.

            No valen los modelos de vida que aparecen como unos adalides de la libertad, porque pueden hacer lo que quieren en muchos aspectos de la vida, pero en el fondo no viven responsablemente al no aceptar y asumir las verdaderas consecuencias de sus actos.

            Vivir con un verdadero sentido de la responsabilidad, exige mucho a la persona, porque a todo lo que es importante y trascendente en la vida ha de tener y dársele una respuesta adecuada.

            Se puede decir, finalmente, que una persona, cuando quiere ser responsable y vivir como tal, ha de reflexionar mucho sobre sus opciones y sus comportamientos, así como en las consecuencias que tendrán, porque no puede aceptar cualquier cosa para conseguir un fin, ya que ni “todo vale”, ni “el fin justifica los medios”.