No acabo de aprender
Se dice que el hombre nunca ‘acaba de aprender’. No pocas veces, incluso, se
oye decir en primera persona: Es que, ‘no acabo de aprender’.
Es como una queja con la que se muestra el descontento consigo
mismo, bien ante el desengaño por el comportamiento de otra persona, bien
por propias actitudes que producen disgusto, desánimo, frustración...
Y es cierto, también, que la persona no ‘acaba de aprender’
porque el saber humano es para ella inabarcable en todas sus ramas y
materias.
Aunque, para un mayor aprovechamiento de las propias facultades,
se especialice en una o varias de estas ramas del saber, siempre le quedará
recorrido por hacer en el estudio y en la investigación.
Pasando al otro saber, que podríamos denominar existencial y que
se deriva de la experiencia de la vida en cada persona, resulta que le
ocurre lo mismo: nunca acaba de aprender.
Parece que este aspecto más personal e íntimo, que traspasa la ciencia
humana, que se sustenta en los sentimientos más personales, en las propias
convicciones y principios, y en las experiencias que muestran, sin ningún
tipo de manipulación ni mentira, todo lo vivido, tal cual, bueno y malo,
debería ser para la persona algo definitivo.
Ya que, asentando en uno u otro sentido el fruto de la
experiencia, marcando, al mismo tiempo, con la sabiduría adquirida las
actitudes y comportamientos que se irán teniendo posteriormente y no
volviendo a errores anteriores, se podrá de esta manera progresar en la
construcción de la propia vida, enriquecida por el simple paso del tiempo.
Pero no es así. El hombre, una y otra vez, comete los mismos
errores. Una y otra vez vuelve a los sentimientos de destrucción del otro, a
las exigencias ciegas de un egoísmo que, cuando es incontrolado, le lleva
hasta comportamientos mezquinos.
Las pasiones del corazón le arrebatan lo mejor de su
personalidad, para dar paso a la ley más antihumana e inhumana que se pueda
imaginar.
En definitiva, lo que por ley natural debía ser un desarrollo
vital ordenado y grandioso, se torna como algo necio y sin sentido, cuando
menos, o cuando más, como algo de consecuencias negativas que pueden llegar
hasta ser trágicas.
El ser humano, puesto en medio del mundo y de la historia, como
alguien importante y de gran trascendencia, se deja arrastrar, en la mayoría
de los casos, a donde no quería.
Ciertamente, no acaba de aprender. Y así, avanzada la vida no es
difícil escucharle decir cosas parecidas a: “si yo volviera a nacer no haría
así o lo haría de distinta forma…”, asegurando que plan-tearía las cosas de
otra forma haciéndolas de manera diferente.
Pero se engaña otra vez. No hace falta volver a nacer para
rectificar o replantear la vida, aunque bien se sabe que no pocas veces se
han llevado las cosas a extremos complicados, o los errores cometidos se han
cimentado con implicaciones de difícil salida o retorno.
No obstante, siempre es posible aprender la lección y darle un
giro radical a la vida, el giro conveniente que, partiendo de lo más
profundo del ser e iluminado por la razón del bien, se marquen propuestas de
superación y de solución, con caminos posibles de rectificación.
Indudablemente que no se puede negar que las complicaciones
derivadas de las realidades existentes, ni de los compromisos adquiridos,
pueden hacer inviables las soluciones más coherentes e inmediatas, pero
nunca sería causa imposible para la salida más correcta y deseada.
Quizá, el hombre ”no acaba de aprender“ porque no quiere
reflexionar sobre lo que va surgiendo, aconteciendo, sobre las decisiones
personales que va tomando.
No quiere ser libre. No quiere la libertad derivada de la
asunción real de las cosas, pues la libertad personal siempre exige riesgos,
rupturas, que alguna vez serán rupturas con los propios intereses, sean de
la entidad que sean.
Prefiere, lamentablemente, dejarse llevar e ir arañando, como
pueda, ratos de felicidad, aunque sea efímera, jirones de placeres o
espacios de comodidad al precio que marque el “mercado” de esta sociedad,
que tantas veces parece no tener sentimientos en sus intereses de poder.
Qué importante sería que muchas personas, más y más cada día,
pudieran dejar de decir: “no acabo de aprender”, porque día a día se
implicaran en una vida recta y honesta que pone cada cosa en su sitio,
comenzando por sí mismo.
Cuando esto sucede todo cambia. Por el contrario, el error, que
en sí mismo es ciego, llevará la destrucción por caminos propios de la
mentira, la manipulación o los bajos intereses.