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           Prohibido pensar

             Hay una imagen que todas las personas prácticamente han tenido: es aquella que se produce cuando se viaja en tren, y al mirar a través de la ventanilla, circulando el tren a gran velocidad, se percibe el paisaje, las casas o cualquier otra cosa, como algo que llega a uno con una rapidez grande y de la misma forma queda atrás; todo pasa vertiginosamente.

                Algo similar puede pasar en la vida ordinaria, llegan los días, que en la sociedad moderna se suelen vivir con una gran intensidad, y pasan sin casi tener tiempo para tomar conciencia de lo que durante ellos acontece.

                Y así se suceden las semanas y los meses, casi sin reparar en nada de lo que es realmente importante y trascendente para la propia existencia.

                Al alcance de la mano hay infinidad de cosas y medios, para que el tiempo esté ocupado sin descanso, más allá de aquel que se deba dedicar a las obligaciones laborales o familiares.

                Pero siendo esto cierto, no parece que al hombre contemporáneo le sea fácil ni apetecible parar de vez en cuando “el tren de la vida”, para mirar y contemplar el panorama o el “paisaje” que se dibuja en la propia vida y a su alrededor, aunque sea con un cierto apresuramiento.

                Gran error este, que se hace más doloroso cuando se percibe que se va transmitiendo a las generaciones más jóvenes, porque el ser humano sin el ejercicio y desarrollo de su inteligencia, de su capacidad de reflexión, que le lleva a formar sus propios criterios, y, desde ellos, conformar sus propias pautas de comportamiento, se convierte en un ser absolutamente manipulable.

                Un ser manipulable, bien sea por los propios instintos, como el egoísmo, el placer, el dinero o el poder, bien por elementos externos que le traen y llevan a ser objeto de consumo de todo aquello que les interesa a esos agentes externos.

                Siempre el hombre ha luchado por vivir en libertad, por ser libre, pero es una lástima que al fin se conforme con una libertad que está de alguna forma controlada o dirigida. Da lo mismo que lo sea desde dentro de su propio ser o desde fuera, o lo más probable que desde los dos ámbitos de la vida.

                El hombre es libre cuando ante todo es dueño de sus pensamientos, de sus sentimientos y de sus actos. Y desde esta libertad opta por lo mejor para sí y para los demás en cada situación de la vida, aunque no pocas veces ello le suponga sacrificios o renuncias para sí.

                Es muy grave que, incluso en las vidas personales, se mantengan esquemas morales impuestos por las grandes campañas de los medios de comunicación, y sin una reflexión personal, profunda y propia, se acepten hechos como el aborto o el divorcio, con argumentos tantas veces inconsistentes desde el punto de vista de los sentimientos más profundos.

                Cuántas veces son criterios puramente materiales los que empujan a las personas a ir en contra de sus propios deseos, llegando a pensar que si actuaran como sienten y desean, estarían mal vistos.

                No es libre una persona solo cuando le dejan moverse o hacer aparentemente lo que quiera, si al fin va aceptando todo lo que las estructuras sociales le imponen, que le van llevando sugestionado por las ideas propias de esta sociedad consumista y utilitarista.

                No quiere ser manipulado ni utilizado. Se revela ante cualquier situación que se lo manifieste, pero en cambio acepta sin esfuerzo todos cuantos mensajes, más o menos subliminales, le llegan por los diferentes medios de publicidad, que bien patente está que se utiliza ya para cualquier orden de la vida.

                No solo se utilizan los métodos publicitarios para la venta y el comercio de cualquier objeto mercantil. También lo vemos en cualquiera de las facetas humanas, e incluso se puede comprobar en el mundo de las ideas, que lejos de exponerlas con rigor al debate, se utilizan estos medios para imponerlas.

                En todo caso, el mal no solo está en estas maneras de proceder, sino en definitiva está en la persona misma que acepta, sin más, lo que le dicen o cuentan; que se deja seducir por los mensajes publicitarios que sutilmente van dirigiendo los modos de vivir, las costumbres o los hábitos en orden a todo lo que en sí conforma la vida.

                Siempre es necesario reflexionar, pensar, tomar conciencia de las cosas, pero, quizás, estamos en uno de esos momentos de la historia en que es tan importante como necesario tener un sentido muy real de todo cuanto va aconteciendo, tanto alrededor de uno como en todo lo que está implicada la vida humana.

                La responsabilidad personal y colectiva es muy grande. Por ello no se pueden seguir dejando las graves decisiones que uno mismo debe tomar, a las “sugerencias” y “mensajes” que se reciben por cualquier medio.