La vida, camino de
coherencia
Es curioso observar las reacciones y los comportamientos humanos, los
propios y también los de los demás, para darse cuenta de las abundantes
incoherencias que se van manifestando a lo largo de la vida.
Pero, como parece que una característica actual es no tener
en cuenta la memoria, lo que facilita el poder vivir sin reparar en los
límites lógicos que tiene la persona, en sus relaciones humanas, en los
comportamientos personales y los propios que exige toda convivencia, nos
encontramos con situaciones y resultados nada deseables.
Y además, tampoco se consideran las experiencias vividas en
los diferentes momentos por decisiones tomadas y por comportamientos o
actitudes que se han ido manifestando en el día a día.
No deja de resultar lamentable, por otra parte, el que sean los intereses,
de diferente tipo, los que al final terminan gobernando a la persona, sin
que ésta sea capaz, tantas veces, de imponer las propias exigencias de una
vida coherente, en todos sus aspectos.
Cuando la persona entra por estos caminos, cuando la memoria
no le actualiza la información de todo lo ocurrido y de todo lo vivido,
tanto positivo como negativo, cosas que le fueron buenas y le hicieron feliz
y situaciones que fueron adversas y portadoras de desgracia, es porque la
persona ha perdido el sentido de muchas cosas o ha abdicado de deberes y
obligaciones, tanto humanas como espirituales o morales.
Por ejemplo, ha abandonado valores básicos para la vida
humana, como podrían ser la fidelidad, la constancia, etc., llevándole a la
deshumanización de la propia vida, diríamos más, de la propia existencia.
Se
quiere vivir en una continua y constante novedad. Se buscan de forma asidua
nuevas sensaciones, nuevas experiencias, sin saber descubrir en el quehacer
ordinario de cada día esas otras novedades reales que se ofrecen en el
simple devenir ordinario de la vida.
Así, se convierte lo ordinario en rutina, haciendo las cosas
por mera práctica y sin razonarlas adecuadamente, e introduciendo en la
experiencia vital, aunque sea inconscientemente, un componente de
aburrimiento y tedio bastante peligroso.
Cada día es nuevo, no solamente porque nunca existió, sino,
también, porque se abre a toda una variedad de posibilidades que se pueden
realizar y vivir durante ese día.
Aunque se hayan de realizar tareas o trabajos, iguales o
similares que los días anteriores, se tiene la oportunidad, única por
cierto, de conseguir que esas actividades vayan impulsadas por estados de
ánimo positivos, cargados de ilusión y de buenos propósitos, capaces de
conseguir, no solo la novedad que llevan en sí, sino que el resultado final
sea igualmente eficaz para el fin que tengan en sí.
Cuando la persona se esfuerza en obrar así, desarrollando su
dimensión creativa, la alegría y la ilusión mueven la voluntad, que,
entonces, es capaz de imponerse a tantas situaciones adversas que
aparecerán. Y, desde luego, no habrá cabida para el aburrimiento, que
indicábamos más arriba.
El aburrimiento lo genera, por el contrario, la falta de
ilusión. Cuando la persona se deja arrastrar a una situación personal de
aburrimiento, fruto de no llevar la vida en una dinámica de orden, abierta a
la novedad y al asombro por tantas cosas positivas y buenas que surgen, por
tantos rasgos de generosidad y de amor de los demás, no le quedará más
remedio que entregarse a un estado de tedio y abatimiento.
Y en esta situación, para liberarse del aburrimiento, aunque
sea falsamente, aceptará una vida artificial construida sobre aquellas cosas
efímeras, como puede ser el juego, la bebida, las relaciones fuera del orden
y de la moral más elemental, la droga, etc., que pueden generar unas
experiencias de aparente felicidad, pero que dada su precariedad y
transitoriedad hacen una vida realmente ficticia, cuyos resultados son, en
todo caso, imprevisibles.
La persona, cuando quiere desarrollar su vida en esa
participación activa de la recreación de todas las cosas en su novedad
original, desterrando todo el desorden que las desvió por causa del pecado,
no tiene otro medio que el de hacer un camino de coherencia. Esto es, que
todos sus pensamientos, actitudes y actos estén en perfecta relación, sean
consecuentes los unos con los otros, y respondan a los principios básicos
que emanan de los valores humanos esenciales para una buena y sana
convivencia.