|
![]()
![]() ![]() ![]() ![]()
|
Homosexual y cristiano Un día de los tantos en que me encuentro con mis amigos de MATER CHRISTI me lanzaron un reto: "A que no serías capaz de dar testimonio de tu vida en el Boletín AL MARGEN. De una forma "aparentemente" espontánea contesté de inmediato que sí. “¿Por qué no voy a ser capaz -añadí- cuando los homosexuales lo que queremos es romper todos los tópicos y tabúes que hacen que la sociedad ejerza sobre nosotros comportamientos de marginación? ¿Qué mejor forma de hacerlo que contándole a la gente la realidad?”. Y así quedó. Pero fueron pasando los días y en mi había creado una inquietud grande esta invitación a contar mi experiencia vital, porque me dolía tener que escribir de algo que no estaba seguro iba a ser bien entendido o bien interpretado, y, sobre todo, porque me resistía a dar datos de mi propia personalidad. Pues resulta que a pesar de la corriente existente, promovida por colectivos homosexuales, para reivindicar trato de igualdad a todos los niveles, mi experiencia y la de tantos amigos como yo es que no deseamos que se sepa nuestra "verdad íntima". Decimos que la sociedad debe reconocernos, aceptarnos, pero al final nos duele siempre que, por las circunstancias que sea, se nos "identifica" entre la gente. ¿P O R Q U E? Esta es una pregunta muy difícil de responder, como muy difícil es contar lo que es ser homosexual, lo que se siente y lo que vive. Intentaré al menos contaros algunos rasgos de mi vida: de ese ser, sentir y vivir. Y también, la importancia que para mí ha tenido el encuentro con MATER CHRISTI. Me llamo Miguel y tengo 25 años. No sabría decir de dónde me viene esta condición de sentir profunda atracción por las personas de mi mismo sexo. Solamente sé decir que fue un auténtico calvario mi adolescencia cuando veía que mis sensaciones eran distintas a las de los chavales de mi pandilla. Todos hablaban de las chicas que les gustaban, yo en cambio callaba porque no les podía decir lo que ellos mismos me gustaban, y cuando no me quedaba más remedio, disimulaba mostrando interés por alguna chica que yo sabía que se fijaba en mí. Al fin y al cabo era lo más fácil en aquel duro juego que me imponía la naturaleza y que sin saber porqué era así, ni quién era el culpable de ser yo distinto e incluso si habría alguna razón por la que yo me hubiera hecho acreedor de tal condición. Como quiera que había siempre en el ambiente una sarcástica crueldad con los "mariquitas", había que jugar el papel de la doble personalidad: la real, que necesariamente vivía profundamente reprimida, y la ficticia, que era la que públicamente se sostenía, pero a la vez me era íntimamente amarga y terminaba siempre asqueándome. Así fueron avanzando los años sin saber a quién podría acudir para que me ayudara a arreglar esta sensación interior que experimentaba y que bien se puede definir como de una profunda división. Tan sólo encontré a mis 16 años a un hombre maduro, homosexual por supuesto, que como conocía bien el tema, me llevó a su terreno y, casi sin darme cuenta, tuve la experiencia de mi primera relación homosexual. Hoy le comprendo, pero esto no quita para reconocer que me terminó de "hundir". Ya no quedaba más alternativa. Era uno más a seguir el camino duro de la promiscuidad sexual, de la relación superficial, de las sendas subterráneas y nocturnas que por mil razones, la mayoría ajenas a nosotros, hemos tenido que crear los homosexuales. En fin, era tener que ir por un camino que te destrozaba día a día en todos los niveles de tu dignidad humana. Y por supuesto manteniendo el tipo con esa doble personalidad que el ámbito familiar, social, laboral, etc., te exigen. A los 20 años ya había vivido toda clase de experiencias favorecidas por la gran ciudad, y lejos de haberme servido para conseguir el mínimo equilibrio que se debe pedir a una persona de esa edad, dado que tanto en el orden laboral como social comienza la etapa de asumir responsabilidades, me encontré en niveles alarmantes de auténtica desesperación. La crispación era constante, pasando por los más diferentes estados de ánimo en el mismo día y hasta varias veces. Era algo que cuando me paraba a meditar me angustiaba de tal forma que no le encontraba ningún sentido a seguir viviendo así.
Y llegó el día para mí
memorable en la primavera de hace dos años cuando, estando en una zona
frecuentada por homosexuales en ese constante devaneo del ligue, la relación
fugaz, etc., me tropecé con dos hombres, que si bien al principio no me pareció
que iban juntos, sin lugar a dudas por la ceguera que me imponía la atracción
apasionada que sentía por el más joven, enseguida comprendí que existía algún
tipo de relación entre ellos. Entablamos conversación, por mi parte con unos intereses muy concretos que no hace falta ni indicar, pero ellos enseguida, de una forma muy cordial y amistosa, me ofrecieron su Mensaje. Fue una conversación larga, con muchos momentos. En principio no me resistía a renunciar a mis "intereses", pero a la vez entendía que aquella gente captaba perfectamente mis necesidades, mis ansiedades y mis angustias, y que por tanto no merecía la pena perderlos porque yo estuviera "ciego" buscando la "relación sexual" de ese día. Me hablaron de la esclavitud que sufría; yo les explicaba que era homosexual y como tal tenía unas necesidades afectivas y sexuales concretas que satisfacer, y que tenía derecho a hacerlo. Ellos me explicaban a su vez que en mis planteamientos había muchos errores y que mientras yo no aceptase la realidad, seguiría viviendo un calvario interminable por más "historias que me montase", para en definitiva "huir" de mi realidad, de la que no me puedo escapar como nadie escapa de la suya propia. Y así se fueron tres fugaces horas tras las que la única conclusión era: "Solamente Jesucristo puede liberarte de tus esclavitudes; sólo El puede ayudarte a encontrar sentido a tu vida siendo incluso homosexual". No lo había dicho antes, pero yo siempre fui creyente, lo que había pasado es que no me había encontrado con Jesucristo y El no me había podido liberar. Sin deseo de alargarme más, sólo quiero decir que durante estos dos años ya largos he avanzado en ese conocimiento de Cristo, y en El y con El la vida es distinta. Mis amigos de MATER CHRISTI han tenido que invertir muchas horas y mucha paciencia conmigo. He tenido recaídas fuertes y muchas dificultades, incluso económicas sobre todo en un momento que perdí mi trabajo por cuenta de mis excesos. Todo lo superé siempre con su ayuda. Pero ellos me han enseñado a ser cristiano, y a vivir con ESPERANZA. ¡Ah!, se me olvidada. También me enseñaron a sentirme y saberme hijo querido de la Santísima Virgen María, que como sabéis ellos la dicen "nuestra Madre y nuestra Guía".
|
|||||||