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Me había autoexcluido y vivía sin esperanza Me parece un buen servicio, y por esta razón acepté la invitación de dar mi testimonio en el Boletín AL MARGEN. No puedo contar cosas que llamen la atención por su espectacularidad, pues realmente no las hay en mi vida que ha transcurrido en la común normalidad. Entonces, ¿de qué pretendo dar testimonio?. Pues simplemente de haber tenido que salir de una situación personal que me había arrastrado a un estado de automarginación aún a pesar de no saberlo yo, y mucho menos de aceptarlo cuando un día me lo dijeron. Siempre fui una persona que busqué no significarme demasiado en los sitios, pues pensaba que era mejor no complicarse con cosas que al final traerían disgustos. Por otra parte no renunciaba a seguir una vida "normal". Durante mi juventud me preparé para opositar y encontrar un trabajo decente. Conseguí plaza en la empresa pública y comenzó a los 20 años mi vida profesional sin mayores complicaciones. Mi vida resultaba muy normal. Encontré novia, me casé y tuvimos varios hijos, sin que la vida tampoco presentase dificultades fuera de las corrientes de un hogar. Cuando tenía alrededor de los 30 años había en mí un sentimiento de frustración que no alcanzaba ni a comprender ni a encontrar su razón. En la apariencia exterior no había motivos para la infelicidad. Lo cierto es que yo me aislaba en medio de los ambientes en los que vivía: familia, trabajo, etc. Y no era porque hubiera en mi vida cosas oscuras ni afectos extrafamiliares, pues observaba perfectamente los cánones, cumpliendo con los deberes y responsabilidades que tenía. Es verdad también que cada vez me sentía más incómodo en casa, en la oficina y en cualquier sitio; me cargaban las reuniones de amigos o de familiares. En una palabra, no aguantaba la vida convencional. Me resultaba insoportable yo mismo. Tenía una sensación de imo una tarde agradable y al final me encontraba como sentenciado. bécil ya que nada me llenaba. Muchas veces me interrogaba y veía que yo quería a mi familia, que tampoco me disgustaba en el fondo mis actividades profesionales .... Entonces, ¿qué me pasaba?. Busqué esparcimientos, pues me decía a mi mismo que la monotonía era lo que me hacía sentirme mal, que todos los días igual era lo que me desmoralizaba, etc., etc. Pero enseguida comprobaba que no era la solución. Lógicamente fue desatándose una ansiedad e inquietud interior que no me dejaba vivir en paz. Un buen día estaba en un lugar público, sufriendo la tremenda división interior que me llevaba a no parar en casa, a pesar de ser lo que en el fondo más me apetecía, cuando se me acercaron una pareja. Me saludaron muy cortésmente y enseguida surgió la conversación. Yo acostumbraba a contar mi "batalla", que no era otra cosa que un sin fin de incoherencias y el reflejo de mi estado interior; aunque al decir de las personas que me trataban yo era un hombre muy correcto, algo reservado, pero amable. Aquella pareja me escuchaba atentamente. Confieso que al cabo de media hora me empezó a llamar la atención el interés que me prestaban. Poco a poco, pasado un largo rato, fueron introduciendo algunas preguntas que daban mayor interés al diálogo entablado.
Al final de la tarde me
dijeron: Raúl, tu te has automarginado y como no reacciones y te
liberes de ti mismo, acabas contigo. Fue para mi una despedida cruel. Había
pas Ya, sólo, no sabía qué pensar. Estaba más desconcertado que nunca, y encima, según esta frase para mi tan cruel, yo era el único responsable de una vida cargada de aburrimientos y ansiedades. Me habían ofrecido a lo largo de la tarde su amistad y su teléfono, y aunque cuando me lo dieron sentí alegría de encontrar una nueva y agradable amistad, luego ya no me apetecía volverlos a ver. Iba a ser igual que tantas otras veces: más tarde o más temprano el fracaso estaba cantado. Pasé unos días de grandes luchas interiores. ¿cómo iba a ser posible que la clave de todos los males sólo estuviera en mi? ¿Cómo iba a ser posible que yo fuera esclavo de mi mismo? ¿Cómo ...., cómo ...., cómo ....? Al cabo de 3 ó 4 días me decidí a llamar a esos nuevos amigos de MATER CHRISTI, que habían sido queridos y odiados muchas veces en estos días de máxima tensión personal. Nos volvimos a ver enseguida y lo primero que les exigí fue que me explicaran lo que me habían dicho. Con toda paciencia me dijeron que si quería su ayuda debía aceptar un diálogo intenso y extenso, sabiendo que hasta que yo fuera descubriendo mi realidad habría de admitir los principios generales que me fueran apuntando. Se sucedieron largos encuentros en los que íbamos descubriendo el lío que tenía organizado en mi vida. No tengo que decir que fueron muy duros, los primeros encuentros sobre todo, aunque había un punto positivo que luego he podido valorar mejor. Ellos me habían transmitido desde el primer día una gran esperanza que me ayudó mucho y que luego supe era la Esperanza Teologal, Don gratuito de Dios, como la Fe y la Caridad, que hemos de cultivar y trabajar. Hoy, después de más de un año que los conozco comprendo el drama de la marginación , sobre todo las más solapadas como mi caso. Veo las cosas muy diferentes. He comprendido que tengo que comprometerme conmigo mismo y con los demás. Mi familia, mi trabajo y el mundo es distinto para mi, aunque creo que en verdad el que es distinto soy yo, pues era mi autoexclusión la que me hacía ver las cosas desenfocadas. Dejo aquí mi testimonio porque creo que como llamada de atención para todos ya es bastante. La vida hay que bregarla y nadie tiene derecho a excluirse de esta lucha, como yo lo hice. Pues de esta forma, qué sentido tiene vivir cuando la vida es la misión más importante que tiene el hombre por delante, lo cual me dijeron tantas veces mis amigos de MATER CHRISTI, y hoy lo asumo y creo perfectamente que es así. Raúl
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