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¿La vida puede resultar “apasionante”, como oí decir una vez? Son de esas cosas que se te graban cuando eres un adolescente y que luego no eres capaz de comprobar en tu propia vida, por más que lo esperas y que crees firmemente que se tiene que cumplir porque así te lo dijeron, aunque no recuerdes dónde ni quién.
Bueno, ya va siendo hora de presentarse, digamos que me llamo Alberto y que nací en una familia humilde, en un barrio del extrarradio de la gran ciudad. Lo cierto es que éramos una familia pobre y con muchas necesidades que cubrir. Mis padres no lograban conseguir que sus cuatro hijos tuviéramos en el momento necesario todas esas cosas de primera necesidad cubiertas que necesitan unos niños. Crecimos en esa especie de angustia que resulta de siempre faltar “algo”, pero algo necesario para seguir la vida. Cuando no era algo de vestir, era comida y, si no, medios para curar una enfermedad que surgía. Nunca se podía pensar en algo nuevo. Ni tan siquiera el poder ir en el verano a las Colonias, eso que hoy se llama “campamento”, porque el mínimo de ropa que pedían no se tenía ni se podía conseguir. Así que el panorama era, como se ve, bastante triste. Sí, triste, porque estas graves necesidades conseguían que los padres vivieran angustiados y sin quererlo nos lo transmitían a los hijos. Estábamos mejor en la calle que en la casa. En la calle se podía soñar, pero, ¿en casa...?, imposible. Las evidencias eran demasiado claras y fuertes como para poder ser ajeno a ellas aunque fuera jugando, que era lo propio de la edad. Llegó la hora de salir del colegio para irse a trabajar, y aquí llegó lo más duro, pues había que enfrentarse a la realidad exterior, más allá del propio ámbito familiar, que si bien en un principio era difícil y duro, pues, al fin y al cabo, sufrimientos, carencias y alegrías, todo quedaba en casa, como suele decirse. En un principio todo era muy bonito. Podría ayudar a la maltrecha situación de la casa. Podría aliviar el peso de unos padres enfermos y con muchas limitaciones. Podría, en fin, conseguir que un nuevo aire llegara para mis hermanos pequeños. Y así fue. Comencé a trabajar como aprendiz con un gran entusiasmo y con una decisión grande de conseguir todos los propósitos anunciados, hasta que pasados unos meses comencé a frecuentar unos amigos que había conocido por razón del trabajo. Era gente de mi edad, más o menos, pero con una experiencia de la vida... que era demasiado. Todo lo que me hablaban, todo lo que me enseñaban, a todos los sitios que me llevaban... era novedad. Pero una novedad con sabores encontrados, placer y amargura. Hoy comprendo que era un mundo completamente nuevo, en el que me sentía muy hombre, capaz como el que más de hacer frente a aquel ritmo de vida, y, sobre todo, deslumbrante. Era como una evasión de la realidad que me llevaba a otro mundo bien distinto del que había salido, del ambiente familiar al que cada día que pasaba me costaba más trabajo volver. Todo aquello me llevó a consumir, sobre todo, alcohol, mucho alcohol y a participar en unas fiestas nada recomendables. Gente mayor que atraían con dinero y un sin fin de regalos a gente jovencilla como yo para conseguir saciar sus desórdenes de sexo. Recordarlo ahora para escribirlo me resulta francamente asqueante. Muchas veces me pregunto, ¿cómo es posible que yo cayera en aquellas redes absurdas en las que todo era sórdido y ciego? Habían pasado como unos tres o cuatro años, cuando en un parque conocí a unas personas que, sentándose en el banco que yo estaba completamente cansado de todo aquel desmadre en el que me encontraba metido, me hablaron con esa naturalidad con la que se manifiesta quien no tiene nada que ocultar. Respondí por educación a su conversación y poco a poco fuimos entrando en tema. Yo estaba allí haciendo tiempo para acudir una vez más a una de aquellas citas de “trabajo extra”, pero sin ninguna gana de que llegara el momento. Lo cierto es que cuando me quise dar cuenta el tiempo se había echado encima. Les dije que me tenía que marchar a trabajar, pero ellos se dieron cuenta que no tenía ninguna gana de hacerlo. Me dijeron que me fuera y que si quería me esperarían a la salida para que siguiéramos charlando o cuando quisiera. Y así fue. Nos citamos a la hora que yo más o menos calculé que acabaría y nos volvimos a encontrar. Yo venía moral y psíquicamente destrozado como me ocurría en los últimos tiempos. Se interesaron cómo me había ido y ya pasado un rato de mantener una ficción sobre el trabajo no pude más, me derrumbé y les conté toda mi vida. Me impresionó con la atención que escucharon, el respeto que mostraron en todo momento y el afecto con que me rodearon. Es muy lamentable lo que había y estaba pasando, me dijeron, pero si yo quería todo tenía solución. Ahora yo solo tenía que pensarlo y decidir qué hacer porque ellos me apoyarían si quería empezar una vida nueva. Fueron los días siguientes de una gran paz y a la vez de una gran tensión. Paz porque mi drama ya era algo compartido con más gente y no me pesaba tanto como en los últimos tiempos que casi me llevaba a la desesperación, se había abierto un horizonte. Y una gran tensión porque tenía que decidir si acabar con aquello, que tanto bienestar humano me reportaba y que facilitaba económicamente la vida de mi familia, aunque hubiera que vivir el calvario moral interior, o seguir por aquel camino de pasiones, más bien ajenas que propias, pero que tantos sinsabores me traía porque no podía ser un joven normal, siguiendo una vida normal. Yo estuve llamando a estas personas de MATER CHRISTI todos los días y cuando pasaron unos pocos, antes de una semana, les pedí volverles a ver. Nos encontramos y les dije que había decidido cambiar de vida, pero que no tenía ni idea de cómo se podía hacer ante un panorama tan complicado como aquel en el que me encontraba inmerso. Ellos, primero me dijeron: “enhorabuena”, y después, con gran tranquilidad, dijeron: “bien, comencemos a caminar, tú solo tienes que ser muy sincero y transparente para que podamos ir atajando todas las dificultades que te surjan en el camino, que no serán pocas”. Y así fue. Comenzó un auténtico calvario que es imposible resumir en unas cuantas ideas, pero lo cierto es que después de más de cinco años ahora sí que creo que la vida es apasionante, que merece la pena vivir con el esfuerzo de procurar ser honrado y honesto, y con una lucha limpia por ser una persona de provecho, para sí mismo y para los seres queridos. En este cambio de vida hubo que reconducir las relaciones familiares, con todo lo que eso suponía en el orden económico, pues se habían acostumbrado a un ritmo que si se cortaba la fuente qué pasaría. Hubo que reconducir mi vida laboral para que fuera algo serio y con proyección de futuro. Hubo que dar consistencia a una voluntad que se había desviado, empobrecido y que a la vez era caprichosa y déspota, por decir solo dos cosas. Hubo que... hacer un camino muy duro, pero se consiguió... con la ayuda real y completa de MATER CHRISTI en todos los aspectos apuntados. Este testimonio de mi vida sé que se queda escaso en explicaciones, pero solo tiene la pretensión de eso, de dar testimonio de lo que hace MATER CHRISTI, en este caso en apoyo y ayuda de Alberto y de su familia. Gracias a todos, también a los que apoyáis esta Obra de Amor.
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