|
![]()
![]() ![]() ![]() ![]() |
... y caí del caballo Hola amigos, me llamo Roberto y muy a duras penas he accedido a contar esa parte de mi vida que tan amargos y malos recuerdos me trae. Conocí a estos hermanos de MATER CHRISTI en un momento de mi vida que denominaría bastante extraño, en comparación con lo que había sido una trayectoria que podríamos decir de “persona normal”. Esta época “extraña” que refiero, se debe a mi absoluta negación a la realidad religiosa en todas sus manifestaciones. Soy una persona ya entrada en años y nunca había padecido ninguna situación de fobia o antipatía personal, especialmente significativa, contra nada ni contra nadie. Me consideraba una persona del montón, con mis ilusiones, manías y ambiciones, que nunca pensé que me podrían conducir a ninguna situación existencial anormal y ni mucho menos incapaz de controlar o asumir. Pero he aquí, que según iba avanzando en años, mi carácter no solo se fue agriando, sino que empecé a “deleitarme” con, digamos, un deseo desorbitado de repudiar personal y colectivamente todo lo relacionado con lo religioso. Particularmente empecé a adquirir una obsesión casi compulsiva de rechazo de la religión católica: curas, obispos, iglesias, etc. Tampoco tenía motivos especiales que me condujeran a este “odio” exacerbado que paulatinamente me iba carcomiendo, pero como me fui dejando invadir por la crítica, la murmuración y la mentira, creo que alimenté en mi interior un monstruo de muchas cabezas. Pronto mis amistadas y familiares me llamaron la atención sobre mis manifestaciones enfurecidas contra todo lo “religioso”. Nadie entendía mi comportamiento tan agrio y arisco, cuando, aunque nunca me había caracterizado por llevarme bien con la Iglesia, también es verdad que era bastante comedido ya que nadie de ella me había hecho ningún daño. Cuando más me sentía corregido por los demás en este aspecto, más me enfurecía. Yo era consciente que mi actitud no era tampoco muy normal, pero como inicialmente me dejé llevar del capricho acusador y la crítica mentirosa, llegó un momento que me costaba mucho refrenarme. Sólo a modo de ejemplo puedo contar que no sólo rechazaba cualquier invitación a alguna boda o bautizo, sino que actuaba activamente sobre los demás miembros de mi familia para que no acudieran y hasta me presentaba a las puertas de la iglesia donde se celebrara algún acto de este tipo y provocaba a ‘grito pelado’ cualquier escándalo. Efectivamente, se me había ido de las manos la situación y mi gente no sabía cómo retenerme en casa, pues más de una vez me detuvo la policía por escándalo público. Los improperios, insultos y en un caso agresión a un sacerdote, hacían la situación insostenible. Con mi comportamiento y mi edad, la gente pensaba que se me estaba yendo la cabeza, pero yo sólo sentía un odio que me quemaba por dentro y sólo me consolaba actuando de esa forma. En uno
de esos arrebatos callejeros, tuve una discusión con un sacerdote en la
puerta de su Iglesia y cuando se acabó el escándalo, me quedé por la zona
merodeando y balbuciendo para mí mismo. Se me acercaron dos jóvenes
extrañados y me preguntaron si me pasaba algo, cosa que enardeció mis ánimos
y volví a la carga con los insultos e improperios. Para mi asombro ellos no
decían nada y sólo me miraban y esc Pasado un buen rato me ofrecieron acompañarme a casa y me dijeron que les llamara cuando quisiera. Buena han hecho éstos, dije para mí, ya tengo a quien dar la tabarra. Bueno, el cazador resultó cazado. Efectivamente, les llamé y vuelta a la carga, pero nada, como si nada: buenas palabras, atención y sonrisas. Hasta veinte veces quedé con ellos y siempre lo mismo. Ya no tenía necesidad de ir por ahí proclamando mi anti-clericalismo, pues ya tenía quien me escuchaba y sobre los que volcar mis odios, rencillas y resistencias. ¡Qué paciencia! ¡Qué cambio fui progresivamente experimentando! Su serenidad y silencio me iban curando por dentro. Jamás me contradecían y siempre me comprendían, aunque nunca me dieron la razón. Toda esta situación me confundía, por un lado me daba serenidad, y por otro quitaba fuerza a todas las resistencias y odios interiores que manifestaba antes. Pasado un tiempo bastante largo, conforme en mí perdía fuerza la actitud antirreligiosa ellos iban introduciendo el Amor de Dios. Bueno, ahora pienso que realmente fue al contrario, pues he aprendido que solo el AMOR puede aniquilar y acabar con el odio. Sólo puedo hablar cosas buenas de ellos, pero esto no me dejan escribirlo, así es que acabaré diciendo que han pasado siete años desde que los conozco y ahora milagrosamente puedo decir que “gracias a Dios” soy otra persona.
|
||||||