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El fantasma de la soledad Cuántas cosas hay en la vida que nunca pensaste que pudieras llegar a hacer, cuando ya se han alcanzado mis setenta y siete años.
Fui siempre una mujer que me sentí suficiente y autónoma en
todos los aspectos de la vida. Sí, con un carácter fuerte, pero también con
un espíritu de lucha y de trabajo que, indudablemente, tampoco se puede
negar. Todo hacía que nada ni nadie pudiera poner, como suele decirse, obstáculo alguno que me terminara siendo insuperable. Así transcurrió la vida, en la que tampoco faltaron amistades con las que ir pasando los días y los tiempos de ocio y descanso. Cubrían perfectamente la carencia de familia, pues tras la desaparición de mis padres sólo tenía parientes lejanos, ya que ellos también habían sido hijos únicos. A lo largo de la vida, van surgiendo momentos y circunstancias complicadas y difíciles que te obligan a colocarte de una forma firme en tu sitio, porque de lo contrario te llevaran por delante. Esto ocurrió muchas veces como a cualquier persona, y siempre hice gala de mis derechos y también de mi fortaleza de carácter para hacerme imponer a la situación. Sucedió en todos los ámbitos y órdenes de la vida, lo que me fue llevando a adquirir un carácter firme, y al tiempo vehemente, que ahora comprendo rayaba en la soberbia muchas veces. Iban pasando los años y como a cualquier otra persona me fueron viniendo ciertos achaques, las fuerzas no eran las mismas, y apareció el fantasma de la soledad, que me hacía vivir las situaciones más insólitas. ¿Por qué le llamo “el fantasma de la soledad” cuando venía viviendo sola prácticamente la mitad de mi vida? Sencillamente porque cuando uno tiene fuerzas, dinero, coraje y salud para poder moverse, según a una le parece y le apetece, la soledad parece que no existe; es más, el propio egoísmo te lleva a sentirte muy a gusto en la soledad de tu casa, que dura exclusivamente lo que te conviene o apetece en cada momento. Hace varios años, casi diez, que conocí MATER CHRISTI. Fue en unas circunstancias muy originales, bueno, a mí me lo ha parecido siempre, pues fue en una cafetería y en un momento de particular tristeza o depresión, pues me veía como el árbol que siempre fue robusto y frondoso en su ramaje, pero que se habían ido secando sus hojas y aparecía como derrotado en su lucha por la pervivencia, era como un ser en decrepitud. Hacía un tiempo que había aceptado hacer cosas que nunca en mi juventud habría admitido, como por ejemplo frecuentar lugares de juego: bingos, máquinas tragaperras, etc.; como por ejemplo, también, aceptar compañías de personas entregadas al alcohol como huída de “sus vidas”, que frecuentaban locales de baile, que a pesar de nuestras edades lo hacíamos con la avidez de no aceptar que se escapaba la vida y no queríamos que se quedara en el vaso ni una sola gota por apurar. Y aunque este ritmo de vida lo llevaba frecuentando relativamente poco tiempo, lo cierto es que la situación me tenía totalmente trastornada. Es una realidad que está viviendo gran parte de la llamada tercera edad, particularmente personas con una capacidad de movimientos y de salud aceptables, que les permite caer en una especie de esquizofrenia de vivir fuera de las posibilidades y de las situaciones reales que a cada uno le corresponde. Bueno, pues me encontré con dos miembros de MATER CHRISTI. en aquella cafetería, mientras aguardaba a otras personas que nos reuníamos varias veces a la semana para una tertulia nada sana, pues todos los temas que allí se trataban estaban en el orden de lo explicado más arriba.
Yo había llegado muy pronto. Esta pareja se sentó en la mesa de
al lado. Eran, lógicamente, mucho más jóvenes que yo, pero les observaba en
una conversación limpia y alegre. Al llegar me habían saludado con toda
corrección y amabilidad, y conforme pasaba el tiempo me apetecía más el
poder tener una charla con ellos, así que aproveche que el hombre fue al
servicio para pedirle a ella fuego para encender el cigarrillo, que
lógicamente no necesitaba porque yo tenía, ella me dijo que no tenía pero
que no me preocupara porque se lo pediría al camarero, y así fue,
diligentemente se levantó y acercándose a la barra pidió el fuego. En esta
operación llegó él, que nos encontró en aquel asunto de encender el
cigarrillo, quedó de pie y finalmente les invité a que se sentaran conmigo. Allí se inició una amistad que se ha ido agrandando con el tiempo y que, sin duda, ha sido la liberación de mi vida. Más tarde fueron llegando mis contertulios y ellos con toda delicadeza se retiraron después de habérselos presentado como amigos a los primeros que llegaron. Para entonces ya me habían dado su teléfono por si quería llamarlos. Lo hice a los pocos días, invitándolos a que me visitasen en mi casa, pues me sentía más segura y con más fuerzas para ver hasta dónde podía llegar aquella amistad naciente. Aceptaron y así llegamos a un momento que no puedo dejar de referir, era el momento de yo poner mis cartas boca arriba y ellos mostrar la verdad de lo que había detrás de mi envite. En todo momento los encontré de una gran honradez e invulnerables a cualquier, llamemos, seducción que yo les planteaba para llevarles a mi terreno. Desde el primer momento me mostraron el camino recto que yo hacia un tiempo no quería seguir y del que no se salían por más que yo lo intentaba, pues yo misma me había picado en provocarles. Fueron firmes, pero también serios y duros en los momentos en los que tuvimos que revisar la vida para que me pudieran conocer mejor, a lo que yo había accedido porque era consciente de que habían surgido como el “clavo ardiendo” al que me podía agarrar para salir de aquella especie de tormenta en la que me había metido. Vimos que hacia muchos años que le había dado la espalda a Dios. Bueno, no sé si le llegué a tomar en serio alguna vez en mi vida, como corresponde a cualquier cristiano que quiere ser digno de tal nombre. Y también comprendí que, como tanta gente, no me había preparado para vivir esta etapa de la vida que llamamos como la “tercera edad”. Todos sabemos que las cosas han de llegar, hasta la muerte que es la certeza mayor que pueden tener las personas, pero nunca nos preparamos adecuadamente para afrontar el reto que siempre tiene cualquier etapa o circunstancia nueva de la vida. Había llegado a la tercera edad, lo sabía, pero de ninguna manera lo había querido aceptar. Si no hubiera sido por esta gente de MATER CHRISTI., no sé hasta donde habría llegado en mi soledad, en mi amargura, en mi infelicidad y, sobre todo, en mi desgracia.
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