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MI ENTREGA Lo cierto es que no sé muy bien ni como empezar, ni tengo las ideas claras ni organizadas, pero también es verdad que como todo, o casi todo, en la vida, tiene un principio y comenzar, en este caso es coger bolígrafo y papel y… comenzar a escribir.
Intentaré contar cuál ha sido mi experiencia como Voluntario del V Encuentro
Mundial de las Familias siendo miembro de
MATER CHRISTI. Todo empezó allá por el mes de Octubre del año pasado (2005), cuando me enteré que se había iniciado el proceso de selección de Voluntarios para el Encuentro. Era el pistoletazo de salida. Tenía una enorme ilusión por participar, pero no como uno más o una ocupación para el ocio, lo quería hacer de una forma más activa, colaborando en lo que hiciese falta, en la medida de mis posibilidades y sin ninguna restricción. También desde la responsabilidad que da sentirse miembro de la Iglesia, en mi caso a través de MATER CHRISTI., en la obligación de aportar mi persona y mi tiempo, de una forma generosa, en la entrega a los demás. Sin duda que en el transcurso de los distintos actos, muchas personas iban a necesitar de la colaboración y de la ayuda de esos Voluntarios. Para empezar, el primer problema que aparecía si me embarcaba en esta labor, era que mi esposa e hijo estarían sin mí, no sólo durante el Encuentro, sino el esfuerzo que supondría para ella mis ausencias de casa durante toda la intensa preparación del Encuentro Fue lo
primero que planteé
Habíamos empezado la aventura de un viaje que terminaría el 9 de Julio, con la Misa que celebraría posiblemente Benedicto XVI, ya que aún no estaba confirmada su asistencia, el mismo día que nuestro hijo cumpliría dos años. La providencia así lo había querido y era un motivo más de alegría y satisfacción, de forma que desde el primer momento nos dimos cuenta que la Gracia de Dios estaba actuando en nosotros y de una manera especial en nuestro hijo. Cuando el Papa Juan Pablo II anunció que Valencia sería la sede del V Encuentro Mundial de las Familias, ni siquiera estábamos casados, y, en cambio, ahora con el Papa Benedicto XVI íbamos a vivir el Encuentro como una Familia cristiana más. Familia que intenta, dentro de sus limitaciones, vivir el mensaje de Cristo, hacerlo presente en el mundo en el que estamos, comprometidos con el Evangelio e intentando que el hogar sea esa Iglesia doméstica que toda familia cristiana debe perseguir. Esta aventura queríamos vivirla el matrimonio juntos, pero, lógicamente, de forma distinta en ubicación y cercanía física, pero también seguros que viviríamos, si Dios quería, un momento histórico para España, para Valencia y, sin duda, para nuestras vidas, a nivel personal y familiar. Posteriormente, todas las personas inscritas pasamos una entrevista, y cuando me comunicaron que había sido aceptado para formar parte de los Voluntarios, la alegría fue inmensa. Desde aquel día el V Encuentro Mundial de las Familias estuvo continuamente presente en nuestra casa y muchas de nuestras conversaciones giraban entorno a él. Era muy consciente de que tenía una oportunidad única de estar cerca del Papa, pero también muchísimas posibilidades de no verlo, ya que las tareas de los Voluntarios eran muchas, muy distintas, y todas importantísimas. Seguramente, no lo vería ni pasar cerca de donde estuviera, pero estaría recibiendo y ayudando al mismo Cristo Jesús en cada uno de los miles y miles de peregrinos venidos de todo el mundo que necesitaran de nuestra ayuda. Esa era, para mi, la vocación de Voluntario para el Encuentro Mundial de las Familias: estar al servicio de los demás, allá donde más se necesitara, sin esconder las ganas de ver a Su Santidad y estar, cuanto más cerca mejor, del Vicario de Cristo en la tierra.
Si había una palabra que definiera todos los meses anteriores sería Ilusión. Me emocionaba cuando veía la alegría que incluso mi hijo tenía. ¡El Papa! ¡El Papa!, gritaba sin descanso ante cualquier cartel que hubiera colgado por la ciudad, cartel o anuncio que para nosotros, en principio, era muchas veces difícil de ver, pero que él, con el entusiasmo que tenía lo divisaba con muchísima antelación y nos lo decía. Toda esta ilusión empezó a materializarse en trabajo cuando en el mes de marzo, ya me llamaron para colaborar con la organización en el Centro del Volun-tariado. Fueron muchas mañanas de trabajo, y hasta que no estás metido, no sabes realmente la envergadura que tenía la venida del Papa a Valencia. Era como si volviera el tiempo atrás y fuera un protagonista más de aquel evangelio, en el que los discípulos de Jesús preparaban su entrada triunfal a Jerusalén, lógicamente salvando las distancias. Las fechas se iban acercando y las ganas de que el Papa estuviera entre nosotros aumentaban por días. No dejaba de pensar dónde me ubicarían y cuál sería mi cometido. En casa, en cierto modo, también se vivía con preocupación el Encuentro, ya que era un acontecimiento a nivel mundial y la repercusión de cualquier acción que pudiera hacer algún desalmado sería muy grande, para colmo, justo unos días antes de la venida del Papa, tuvimos que vivir la desgracia del accidente de metro con víctimas y heridos, que marcó los últimos días e incluso la estancia del Papa que quiso tenerlo muy presente. En familia nos intentamos preparar para el Encuentro de forma que la venida del Papa no fuese un acto aislado, sino una guinda a una formación que íbamos adquiriendo previamente con las catequesis preparatorias. Rezábamos por el éxito del Encuentro, no por el número de peregrinos que pudieran haber, que sin dudar sería enorme, sino por el éxito espiritual del mismo. A las familias nos falta en muchos momentos el Norte, nos desviamos a menudo del camino, y en innumerables ocasiones se nos nubla la visión de cuál es nuestra misión y función como padres en esta sociedad. El ser Iglesia doméstica, queda muy bonito escrito, ¿pero realmente vivimos esa Iglesia en casa?. Si mi hijo no ve que en casa se vive en Cristo, si él mismo no tiene esa experiencia de Dios en casa, si no se lo damos nosotros a conocer, si nosotros, sus padres, esperamos que esa transmisión de fe la realicen otras personas, posiblemente el día en el que le den a conocer a Jesús de Nazaret no llegue nunca. No podemos delegar la función de padres a terceras personas, es una responsabilidad gravísima la que tenemos los padres, en ese sentido, con nuestros hijos y con Dios. La venida del Papa Benedicto XVI a Valencia, ha supuesto retomar de nuevo los valores de la familia que siempre hemos visto en casa. Ha servido para que no nos distorsionen la realidad, para que no nos hagan ver lo que quieren que veamos, sino simplemente la realidad y la verdad, en resumen para ver más claro el Norte. Los días iban pasando, y después de estar en distintos sitios que me fueron asignando, una tarde recibí una llamada de teléfono en la que me decían que finalmente, si me parecía bien, estaría en la “zona restringida” del Encuentro. No sabía cuál sería mi tarea, pero el sitio sonaba a que estaría en una zona importante. Así fue, ya que el grupo que estuvimos trabajando todo el previo al Encuentro estuvimos, todo el fin de semana, en una zona realmente de privilegiados, en importancia y responsabilidad también. Estuvimos colaborando con protocolo y de alguna forma con la seguridad de la Casa Real que era la encargada de la protección de la zona del Altar. Estábamos realmente encantados, durante los dos días no podíamos estar más cerca del Vicario de Cristo y durante más tiempo. Nuestro lugar estaba justo en frente de Él, ayudando a colocar a todas las personalidades que estaban asistiendo a los actos. El sábado por la mañana nosotros estábamos en la “zona restringida” terminando de colocar algunas cosas, cuando de repente recibo una llamada de mi cuñada, el tono de voz era entrecortado, algo pasaba, nuestro sobrino que había nacido prematuro no estaba bien, se lo tenían que llevar de un hospital a otro, la cosa no pintaba nada bien, los ojos se me llenaron de lágrimas, me quedé aturdido, la preocupación era máxima, llamé a mis compañeros, les dije la situación tan delicada que me acababan de comentar y les dije que rezaran por él y que ofrecieran el esfuerzo que estábamos haciendo y el duro sol que también estábamos soportando, para la recuperación del pequeño, se pararon unos instantes, algunos cerraron los ojos, y después de unos segundos, nos pusimos a trabajar con más ganas. Cada vez que me veían con el teléfono en la mano se acercaban a preguntar por el estado del bebé. Por unos momentos pensé que tendría que dejar todo aquello y salir corriendo. No fue así ya que progresivamente la situación se fue normalizando, y, muy poco a poco, la mejoría durante aquellas horas críticas y días sucesivos eran cada vez mayores. Durante aquella mañana sobrevoló por encima de nosotros el avión que traía al Papa, escoltado por aviones del ejército. Recuerdo que fue un momento emocionante, nos empezamos a mirar unos a otros, y después de aplaudir espontáneamente, nos dimos cuenta que aquello iba realmente en serio y que era cuestión de horas. Un hormigueo se me colocó en el estómago, reconozco que por unos instantes me quedé aturdido, mi cabeza estaba con aquel pequeño que realmente lo estaba pasando tan mal, y con sus padres, que, sin duda, estarían pasando un trago amargo al ver a su retoño en aquellas condiciones. No podía tampoco dejar de pensar en mi “Pitufo”, en mi hijo, que al día siguiente cumpliría dos años. Llegó el momento de la verdad. La gente empezó a llegar y era impresionante la visión que teníamos desde nuestro lugar de trabajo. A falta de cinco horas para que comenzara el acto programado para la tarde del sábado, los alrededores del Altar estaban ya llenos de gente, era un auténtico hervidero, preparados todos para vivir lo que iba a ser sin duda un fin de semana inolvidable. Cuando apareció Benedicto XVI por aquel recinto de la Ciudad de las Ciencias, fue un momento de enorme alegría, los aplausos salían desde el corazón y todos estábamos sedientos de sus gestos y de sus palabras iluminadoras. Yo, personalmente, confieso que las recibí con muchísimas ganas, pero también tengo que decir que para saborearlas y meditarlas ha sido mejor leer los mensajes de forma pausada y detenida. Estaba, como no podía ser de otra forma, pendiente de Su Santidad, pero también de todo lo que sucedía a nuestro alrededor, ya que mi cometido como Voluntario así lo requería, incluso tuve que ausentarme para acompañar a medios de la Radio Vaticano al Centro de Prensa durante la celebración del sábado, para que pudieran mandar el material a tiempo. Nosotros abandonamos la “zona restringida” a las dos de la madrugada, y a las cuatro y media de la misma madrugada ya estábamos de nuevo allí vestidos de traje y preparados para lo que sería el colofón final. La Santa Misa sería el punto y final a una semana llena de trabajo, ilusión y ganas de contagiar a los demás aquello que estábamos viviendo. No defraudó en absoluto el Papa, me convencí aún más de que Benedicto XVI es un Papa para leerlo, con una profundidad en sus mensajes de enorme calado en el cristiano y en el hombre de buen voluntad. Viví aquella Misa de una forma especial, como no podría ser de otra forma, era la primera vez que asistía a una presidida por el Papa. Me acordé de tantas y tantas personas que fueron y son importantes en mi vida, de aquellas que de una forma u otra habían colaborado en mi formación como cristiano y que habían hecho posible que viviera aquellos momentos de una forma más especial, buscando y encontrando el sentido real de las cosas; de otras que con muchas ganas se habían quedado sin poder estar en Valencia para vivir en vivo aquellos días, y como no, de mi Familia, de mi esposa, de mi hijo, y pedí a Dios para que nos guardase, nos protegiera y nos acercara a Él, siempre de la mano de la María, Nuestra Madre y Nuestra Guía. A Dios a través de María. Sentí
que las cosas no son fáciles, que hay que luchar por las que valen la pena,
y Dios, sí que vale la pena. Que estábamos viviendo un momento crucial en la
vida de la Iglesia española y que de este Encuentro tenían que salir
reforzadas las tres columnas del cristiano: la Fe, la Esperanza y la
Caridad. En mí aseguro que así ha sido.
Fueron y siguen siendo unos días de auténtica locura pero al mismo tiempo de enorme felicidad. Siguen siendo porque el mensaje de Jesús por medio de Benedicto XVI sigue viviendo en mi, y espero que lo siga haciendo hasta el final de mis días. Cristo está vivo y así se afirmó en Valencia. Como decía San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13). De forma que no hay que tener miedo a ser cristianos con todas las consecuencias, que son muchas y buenas. Seguro que si tuviera la posibilidad de repetir esta experiencia lo haría sin dudarlo. Terminaré con algo que sonó muchísimo durante toda la semana: ¡Beeeeeeeeeenedicto!
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