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TRANSEUNTE

Hola a todos los amigos de MATER CHRISTI. MI nombre es Sonia y tengo veintisiete años. Mi historia personal es muy simple, tan solo soy una chica que viví en la calle más de siete años, buscándome la vida como podía, cuando conocí a dos miembros de MATER CHRISTI

Salí de mi pueblo huyendo de mi familia y también supongo que con ansias de ser independiente. Del huir de mi familia tan sólo quiero decir que me encontraba muy a disgusto siendo la “criada” de la casa, pues con dos hermanos mayores y mi padre muy tocado por la bebida, era la única mujer en casa, pues mi madre había muerto teniendo yo quince años. Digamos que me daba cuenta que por el camino que iba, jamás saldría de allí y, además, cada vez se enrarecería más el ambiente familiar.

Un buen día, después de sucesivas broncas, decidí irme sin más, ya que pensaba que con lo trabajadora que era muy difícil me tenían que ir las cosas como para no sobrevivir.

Me vine a Madrid y rápidamente encontré trabajo en varias casas como asistenta, lo que pasa es que no me encontraba a gusto en ningún sitio. Por una parte me torturaba el recuerdo de los míos, que no sabía cómo se las estarían arreglando, y luego yo, pues más de lo mismo, porque había salido de un ambiente digamos de “casa”, donde todo lo que haces son labores de “casa”, para meterme en otras “casas” con sus problemas, que siempre te terminan contando y haciendo cosas de “casa”.

Estaba tan harta de ser la criada de todo el mundo, que en cuando conseguí algo de dinero, y aunque como siempre todo el mundo me “quería muchísimo”, necesitaba un trabajo distinto. El problema es que de cosas de oficina no sabía nada, bueno sí, limpiar, pero como ya estaba harta, decidí buscar lo que fuera, aunque tardara mucho en encontrarlo y mientras tanto, vivir de lo que había ahorrado.

Me pateé la calle hasta salirme ampollas en los pies, pero, oye, parece que tenía imán para encontrar trabajos de asistenta, vamos que lo debía llevar escrito en la cara. Mi determinación la llevé hasta las últimas consecuencias, pues cuando me quedé sin dinero empecé a vivir de la caridad, comiendo en comedores públicos y durmiendo en albergues.

Mucha gente al verme tan joven, sobre todo las Trabajadoras Sociales, intentaban ayudarme y aconsejarme que tuviera paciencia y volviera a trabajar en lo que fuera, pero no podían comprender que llevaba sirviendo desde que tengo uso de razón, y aspiraba a algo distinto. Es verdad que estaba traumatizada por lo que había vivido y yo me daba cuenta, pero, ¡y lo feliz que vivía a mi aire!, sin estar todo el día metida en una casa sin más futuro que limpiar y hacer camas.

Cuando más me presionaban para cambiar esta vida de “transeúnte”, como le gusta llamarnos, más me enroscaba en mis trece. Yo pensaba ¿tan difícil es que toda esta gente que me conoce y me quiere ayudar, me encuentre un trabajo distinto para salir de la calle y realizarme como persona?.

Progresivamente se fue deteriorando mi imagen y mi moral, pues entre la calle y los amigos de la calle, se fue como enfriando, por el cansancio, mis ansias de cambio y hasta de lucha. Ya me daba un poco todo lo mismo, había entrado en otra rueda, y la monotonía del día a día me empujaba al abandono de mi misma, de mis aspiraciones y de mis ilusiones.

Sin ilusión y sin aspiración, eres como una marioneta del devenir diario, del primero que se te cruce en el camino o de la primera idea que te cuenten. De todas las propuestas de trabajo que aparecían, la de servir copas en un bar, me pareció de las más interesantes y sin dudarlo me presenté a través de un amigo en busca del trabajo. Nada más ver el garito me percaté que aquello era una tapadera para introducirme en la prostitución, y de verdad que dada mi situación me lo pensé muy mucho antes de dejarlo y salir corriendo. Quizá me salvaron mis convicciones morales y prefería estar en la calle que ser esclava de nadie. Lo que pasa es que los meses pasaban y con ellos los años, y se me iba apoderando una profunda depresión al verme tan sola e impotente.

Muchas veces que me dejaban me quedaba en el albergue y estaba como ida. En los días mejores ayudaba a los demás en lo que podía, pero inmediatamente saltaba como un resorte en mi interior uno odio a todo lo que fuera servir a los demás, que salía corriendo y no volvía hasta que se me pasaba.

En una de estas escapadas conocí a una pareja muy singular, pues uno era un chico joven y la otra persona era una mujer mayor. Sentada en un banco estaba leyendo uno de esos periódicos gratuitos que te dan por la calle y se me acercó esta pareja. Como es normal en décimas de segundo pensé de todo lo que podía ser y francamente me equivoqué. Fíjate, por dónde, venían a charlar conmigo sin más a pasar un rato, y bueno, como me sobraba el tiempo por qué no escucharles.

No eran nada entretenidos ni graciosos, más bien serios, pero eso sí, bastante amables, cosa que me hacía sospechar que algo buscaban. Directamente les pregunté qué querían y por la conversación descubrí que eran como “predicadores de la calle”. Yo, por entonces, todavía me quedaba como un rayo de fe, pero, para nada practicaba, ni tan siquiera rezaba, pero, como soy muy abierta, estuvimos largo rato charlando sobre muchos temas, principalmente religioso.

Después de éste encuentro quedamos muchas más veces y en una de ellas, le comenté mi situación, que con gran comprensión aceptaron tal cual, cosa que no dejó de extrañarme, pero, con su singular seriedad, me hicieron ver que toda la culpa era mía en lo referente a mi tozudez por mantenerme en la calle antes que trabajar en algo perfectamente respetable, como es ser asistenta. Discutimos mucho, muchísimo con enfados incluidos, pero su punto de vista nadie me lo había dado hasta ahora. Estaba tirando la vida por la borda, solamente por la soberbia de no aceptar mi realidad y mis capacidades.

Para ellos, me tenía que enfrentar a mi misma, aceptarme como soy, ver lo que valgo y para lo que valgo, emplearme en lo que realmente puedo y sé hacer, que ya habría tiempo para cambiar, ya que era muy joven. Tenía que dejar a Dios actuar en mi vida y dejar que las puertas se fueran abriendo solas. Lo importante era estar ahí, en espera de lo que Dios me fuera facilitando.

Bueno, Dios, qué cosas decían. Pero, la verdad es que nunca me había parado a pensar en el amor de Dios, a sentirle cerca de mí, a creer que Él se ocupaba de mí como un buen Padre. A partir de este descubrimiento de la mano de los Hermanos de MATER CHRISTI me cambió la vida totalmente.

Me ayudaron muchísimo a recomenzar el camino y a sostenerme cuando se me cruzaban los cables, hasta el punto que tenía que hablar con ellos con frecuencia para ir tirando y llegar hasta aquí.

Ellos me facilitaron todo lo material que necesité hasta que pude empezar nuevamente y poco a poco a trabajar en “mis casas”, y luego me plantearon un plan de preparación para tener el nuevo trabajo soñado, y en ello estamos.

Acabo con un deseo ardiente de decir ¡GRACIAS!

GRACIAS a Dios, que siento su Amor de Padre. GRACIAS a MATER CHRISTI y GRACIAS a los que les ayudáis, a sus bienhechores, porque así ellos pueden ayudarnos a nosotros.

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