|
![]()
![]() ![]() ![]() ![]() |
VIVIR BIEN Cuando se trata de contar algo personal, y sobre todo que corresponde a esa realidad íntima que se suele llamar la propia experiencia, no resulta nada fácil. Es verdad que ya me lo han dicho varias personas, y que, por ello, no tenía que darle demasiadas vueltas y hacerlo por lo que supone de compartir y ofrecer una razón de esperanza. Uno tiene, además, un cierto complejo porque no pude estudiar y todo lo que sé lo aprendí en la calle, esa “universidad” que la llama algún miembro de MATER CHRISTI.
Es verdad que tuve que afrontar yo solo muchos retos que se me
iban presentando conforme iba creciendo, pues mi infancia fue en una familia
de esas que ahora llaman desestructuradas, qué nombre más rimbombante.
Vamos, una familia en la que los padres existían pero no lo eran porque sus
vicios y sus peleas hacían un hogar sin ley y francamente aborrecible. Claro, que eso lo entiendo ahora, porque en aquella etapa pre-adolescente y adolescente, lo único que me interesaba era sobrevivir y ayudar, en todo caso a hacerlo a mis hermanos, aunque como eran mayores poco podía hacer por ellos, más bien aprender de sus fechorías y andanzas. Y así llegó el momento en que superados los años había ya que “ganarse la vida” por sí mismo, y además buscarse algún camino que supusiera abandonar aquella casa, de la que prefiero ni acordarme. Qué desgracia de padres y qué final tuvieron los pobres. Con la distancia de tiempo y ahora conocida una vida digna, no puede uno por menos de sentir lástima más allá de la rabia y hasta odio que albergó mi corazón durante muchos años. Pero volviendo a mi experiencia de vida, diré que se hace difícil explicar aquellos años de adolescencia, de todo lo que en ellos hice, porque fueron tantas las barbaridades que seguramente sería más fácil contar lo que no hice. A mis 18 años era un delincuente integral, que no le importaba nada, y sin escrúpulos de ninguna clase aceptaba cualquier “trabajo” que me pudiera reportar el dinero necesario para vivir, pero para vivir bien, en el desorden y en el vicio, pero a capricho, que es lo que me refiero con el “vivir bien”. Llevaba una vida absolutamente “llena” de placer para mi mismo y dolor para los demás. Era insensible al sufrimiento que producía, ya me había “acostumbrado”. Delinquir era mi forma de vida. Conocí gente de todo tipo. Tuve relaciones ilícitas con todo tipo de personas, hasta que un buen día me tropecé en un lugar de esos donde solo hay vicio y más vicio con dos personas que me resultaron un tanto raras y curiosas a la vez.
El caso es que estaban allí, donde lo lógico es que todo el
mundo anduviéramos para los mismos “negocios”, pero solo bastó un
intercambio de palabras para darme cuenta que no estaba en la onda de
siempre. Hubo unos momentos inciertos, porque aquellos tipos no parecía que me pudieran interesar para ninguno de mis objetivos, pero a la vez resultaba algo desconocido, y he de reconocer que a mí siempre me gustaron las aventuras. Total que después de irme en medio de ese lío de pensamientos y de sentimientos encontrados, decidí volver de inmediato a donde estaban y había tenido el intercambio tan raro, para decirles que de qué iban. Me invitaron a que habláramos tranquilos en otro lugar más adecuado y nos fuimos. Aquel día, con mis 22 años, comprendí muchas cosas. Quizás la más importante es que a pesar de mis pocos años era ya muy viejo porque en mi vida ni existía la ilusión, ni las ganas de hacer nada nuevo que supusiera crear, algo que más tarde he comprendido que es una de las razones más importantes de las personas para vivir. Labrarse una vida, crear una familia, emprender cualquier negocio o profesión, qué se yo..., pero esto yo no lo conocía. Total que comenzamos una relación de amistad que me llevaba a fuertes tensiones y crispaciones con ellos porque lo que me iban planteando no me interesaba, aparte de que suponía un esfuerzo que me parecía imposible. Me pedían responsabilidad en mis comportamientos, cosa que nunca había tenido. Me pedían respeto y formalidad para cumplir lo que habíamos quedado, y qué va, eso ni era para mí ni lo conocía. Pero el caso es que no me desenganchaba de ellos. Por un lado me resultaba curioso e interesante lo que me proponían, pero por otro era demasiada la auto disciplina que me exigían. Un día muy serios me invitaron a rezar. Yo alucinaba con tal pretensión, pero acepte a ir con ellos. Nunca olvidaré aquella tarde, no sé explicar lo que pasó dentro de mí. Solo se que conocí a Jesucristo y a su Madre la Virgen. Me sentí amado, acogido, perdonado..., qué se yo cómo describir aquella experiencia. Hubo que abandonar muchas cosas. Había que dejar atrás una vida de ya 23 años, que parecía un siglo y de la que casi nada valía para el nuevo camino. Bueno, sí, me fue muy valioso el espíritu de sacrificio y tenacidad que, al fin y al cabo, se ha de sufrir cuando se tiene que buscar uno el pan cada día cuando amanece. Les hice muchas faenas. Dejé incumplidas muchas promesas que inicialmente les hice, pero su paciencia, comprensión y constancia terminaron venciendo. Sobre todo cuando me enfrentaban a todo el esfuerzo material que se estaba haciendo para que pudiera vivir sin tener que delinquir. Me enfrentaban a tantas personas que ayudan a MATER CHRISTI con sus donativos a los que también les estaba defraudando. Y así, poco a poco, hoy con 29 años ya os puedo contar a todos el nuevo hombre que soy. Ya conozco la ilusión, el trabajo honrado y el deseo de crear, aunque he de confesar que aún necesito a mis amigos de MATER CHRISTI. Y creo que los necesitaré siempre. Gracias a todos.
|