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ERA UN INDIGENTE SOLITARIO

La experiencia de la propia vida no parece que sea fácil expresarla, por lo menos eso me ha sucedido a mí siempre. Cuando me preguntaban con la mejor buena voluntad, para ayudarme, por supuesto, siempre parecía que no quería contar lo que me sucedía, y no era cierto, sólo me ocurría que se me hacía muy difícil explicar mis sentimientos y experiencias más profundas.

            Cierto es que cuando una persona está necesitada de ayuda, lo primero que debe hacer es exponer su situación y su necesidad, pero en mi caso esto fue siempre un martirio. Yo quería explicar lo que me sucedía, lo que necesitaba..., lo tenía muy claro cómo debía hacerlo..., pero llegado el momento era algo imposible, insuperable.

            Luego, cuando salía del lugar o me apartaba de la persona a la que había ido a ver para solucionar mi problema, me entraba una desesperación enorme porque, una vez más, había hecho el “tonto” y había vuelto a perder una oportunidad.

            Cumplida mi mayoría de edad, emancipado de mi familia y con una cierta estabilidad de trabajo, etc., comenzaron los problemas. Dicho así parece que no fuera una cosa rara, ¿quién no tiene problemas en la vida?

            Pero estos “problemas” no eran del tipo ordinario, cuestiones de trabajo, de dinero o de cualquier otra índole material. Eran cuestiones mías que me llevaban a unos comportamientos que ni los deseaba, ni quería, ni me beneficiaban.

            De una manera inexplicable comencé a poner excusas a mis amigos para ir con ellos, cualquier disculpa era buena para faltar al trabajo o para abandonarlo, pues como siempre había tenido facilidad para encontrar un trabajo no había problema en dejarlo, ya encontraría otro...

            Y así, sin casi darme cuenta me encontré aislado, sin trabajo, solitario y abandonado a mí mismo. Era la situación que describía al principio.

            No solo llegué a estar en una situación de carencia material, con todo lo que ello conlleva de auto exclusión, sino que, y eso era lo peor, no era capaz de hacer nada por acabar con aquello. Intentaba pedir ayuda, comenzar de nuevo, pero yo no sabía exponer y, por tanto, no se me podía ayudar.

            De esta forma llegué a ser un solitario indigente, que por más que deseaba acabar con aquella situación, más me hundía en ella.

            Yo solía estar muchos ratos del día en un banco de la calle dejando pasar la vida, por allí pasaba mucha gente pero nadie se daba cuenta de mi drama interior, de mi situación. Alguna vez me llegué a preguntar si la gente cuando pasaba por allí, veía lo que había a su alrededor, pues nadie se me acercaba a decirme nada, tampoco a sentarse en aquel banco al menos. No sé si era mi deseo de que alguien se fijara en mí o sencillamente que a nadie le llamaba la atención, lo cual no dejaba de hacerme sufrir.

            Pero una vez dos personas se acercaron y se sentaron en el banco, lo cual ya de entrada me extrañó un poco. Muy amablemente me saludaron y sin tardar comenzaron a charlar conmigo. Era una conversación intrascendente, pero a mí me satisfacía. No me preguntaron nada, pero al cabo de un rato yo les hablaba de mi forma de vivir y ellos se interesaban en lo que les decía al tiempo que me hablaban de sus vidas cristianas.

            A mí no me interesaba lo que me estaban diciendo, me resultaba tan nuevo poder hablar de mí que casi no reparaba en lo que ellos decían. Pasaron horas, una tarde entera, y yo ni me había enterado, hasta que llegó un momento que muy serios me preguntaron algo así como “Pero tú, ¿qué haces aquí?”.

            Fue una especie de aldabonazo. ¡Qué pregunta más tonta! No veían lo que hacía, pero enseguida reaccioné y les contesté, ¿qué otra cosa puedo hacer?, A lo que dijeron, volver a la vida que abandonaste. Imposible, pensé.

            Se despidieron y me ofrecieron un teléfono donde encontrarlos si lo deseaba. Me quedé aquella noche totalmente “en blanco”, sin dormir pensando en aquella tarde, que confieso que fue feliz y aquel final tan fuerte: volver a la vida  que abandonaste.

            Nada más amanecer les llamé por teléfono para que volvieran a verme en el banco que nos conocimos. Me acogieron muy bien y volvieron a encontrarse conmigo.

            Las horas que habían estado conmigo el día anterior, hablando sin prisa y sin ninguna pretensión por su parte, habían fraguado una confianza que hacia muchos años yo no sentía con nadie, lo cual facilitó mucho las cosas para tener esta vez una conversación serena y ya orientada hacia donde yo necesitaba.

            Les expliqué mi situación. Se interesaron de cómo se habían desarrollado los acontecimientos vividos y comenzó una relación de amistad que aún hoy, después de diez o doce años no se ha acabado, aunque ya hace algunos que pude volver a una situación, diríamos, normal.

            Hubo que vivir situaciones difíciles de luchas y vencimientos grandes ante el estado de bloqueo psicológico y de la voluntad que yo sufría, incluso hubo momentos en los que yo no quería seguir, pero siempre me salvó la exigencia amorosa que tenían conmigo, que nacía de mi aceptación previa a la ayuda que me brindaron en aquel banco de la calle y que no solo acepté, sino que la deseaba y la quería.

            Cuando yo les demostré que estaba dispuesto a poner todo de mi parte, ellos me facilitaron cuanto necesité para salir de aquella postración material, y, luego, de la también postración humana y social.

            Mucho me ayudó el encuentro con Jesucristo, tan distinto del que conocí en mi infancia y del que nunca más supe hasta entonces. El saber que el hombre no es solo una vida en torno a lo material de esta vida, sino que mucho tiene por hacer, tanto a favor de los demás como por ir construyendo una vida que se proyecta a la eternidad en el Amor a Dios.

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