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NO SABíAMOS AMARNOS

Hace muchos años que no sentía gusto por una vida ordenada.

            Conocí en mi juventud a una chica de la que me enamoré locamente. No podía haber vida posible sin ella.

            Con ella y por ella luché, trabajé, superé infinidad de obstáculos y dificultades hasta conseguir poder ofrecerle un matrimonio estable en lo material y feliz, muy feliz, en todo lo demás.

            Por fin pudimos hacer realidad nuestro sueño y nos casamos. Pasamos unos años muy dichosos, pero surgió la pena y el dolor a consecuencia de que los hijos no llegaban.

            Al principio no hacíamos cuenta de que pasaran los meses y hasta los 2 ó 3 primeros años, sin que llegaran los hijos deseados. Pero a partir de aquí comenzamos a inquietarnos.

            Fue todo un peregrinar por médicos y médicos buscando explicaciones y soluciones a aquella desdichada situación, que fue minando los nervios hasta terminar con nuestra confianza mutua y hasta con nuestra convivencia.

            No supimos aceptar aquello. Hoy veo claro que no supimos amarnos mutuamente, razón principal de nuestro matrimonio. Nos parecía un fracaso total y personal, y aunque en principio no hubo ningún reproche personal, no tardaron en aflorar.

            Hoy comprendo que fueron más las causas externas a nuestro matrimonio las que nos llevaron a situaciones difíciles y complicadas, hasta la ruptura impensable en aquellos años de noviazgo y primeros del matrimonio. Y decía que fueron causas externas, porque ni en la familia ni en los amigos encontramos la mano fuerte que nos sostuviera en aquella lucha interior que teníamos cada uno. Al contrario, quizás sin pretenderlo, nos empujaban a la ruptura ante un imposible que cada día era más cierto.

            Llegados aquí, cada uno fuimos buscando otros caminos, otras compañías que pudieran, de alguna manera, llenar el vacío tan tremendo que se había abierto ante nosotros y dar respuesta y satisfacción a aquella carencia mutua.

            Un buen día, pasado mucho tiempo con aquella vida que podríamos denominar irregular, tuvimos el valor de hablar. Fuimos muy sinceros, sin duda por la fuerza del amor que nos teníamos aunque costara reconocerlo, pero también muy cobardes porque decidimos separarnos para que cada uno pudiera “rehacer su vida” –que gracia me hace ahora esta frase tan oída: rehacer la vida- y encontrar lo que no teníamos.

            ¡Qué desdichada fue aquella decisión! Yo comencé una carrera loca, sin rumbo y con el destino a ninguna parte.

            Pasaron unos años bajo la apariencia de felicidad, pero, ¡qué va!, de felicidad nada. Fue una época en la que viví como narcotizado, sin pisar el suelo de la realidad por la vida más desordenada que se pueda imaginar. Eso sí, con la vida de una persona de lo más de normal: trabajador, dicharachero en la relación con las personas y siempre dispuesto para hacer un favor, claro, siempre que no me complicara demasiado.

            Un día encontré en la mesa de un compañero un boletín que me llamó la atención, se llamaba “al margen”, no recuerdo bien por qué fue, lo cierto es que le pedí que me lo dejara ver. Ese día mis ánimos eran bastante escasos y bajos. No tenía ganas de nada.

            Me lo llevé a casa y lo comencé a leer. No sé lo que pasó, pero en un momento, como si de una venda se tratara, se me cayó, y pasando delante de mis ojos como una película de toda la historia vivida de mi matrimonio, pude darme cuenta que todo había sido un gran error. Todo había sido una sucesión de errores que lejos de llevarnos a la madurez, propia de quien afronta la vida con responsabilidad, había sido todo lo contrario.

            Pero el interrogante era tan crudo como cruel. ¿Qué se podía hacer? ¿Cómo podía ser capaz de corregir tanto error? Bueno, pensar en borrar todo lo vivido antes y después de la ruptura matrimonial y poder reconducir la vida, parecía una misión imposible. ¡Qué noche aquella y qué días siguientes! No sé cómo poder describirlos y calificarlos.

            Pregunté a mi compañero sobre MATER CHRISTI, que era quien publicaba “al margen”. No sabía mucho, pero me animó a que contactara yo si es que me parecía interesante. Yo quería, pero no me atrevía. Tenía como miedo, pero a la vez sentía que el contacto podría ser positivo. Así estuve varios días hasta que llamé.

            No sabía ni lo que quería, ni porque llamaba, pero la persona que me atendió, una mujer, supo tener una gran paciencia hasta que rompí en un llanto que me ahogaba. Me ofreció que nos viéramos y aunque en principio lo rechacé, terminé accediendo en una siguiente llamada que hice.

            Acudí a la cita y me encontré con dos mujeres atentas, cercanas, amables; hoy me atrevo a decir que tan delicadas como cariñosas. Hablamos mucho. Se interesaron por mí, yo también por ellas, explicándome sin reparo qué era MATER CHRISTI, y dejando traslucir una ilusión sin límites que sustentaba unos grandes convencimientos.

            Hasta el cuarto encuentro, que los procuraba yo más que ellas, no fui capaz de poner al descubierto toda mi historia. Fue toda la tarde de un sábado, durante más de seis horas, que para mí pareció un pequeño rato, les conté todo.

            Me llamó mucho la atención su actitud: firmes en el diálogo, comprensivas para aquella situación tan catastrófica y transmitiéndome algo que para mí era inconcebible: una ilusión grande por buscar la superación y solución a aquella vida tan desordenada... Aquel fin de semana no salí de casa. No tenía necesidad de otra cosa que pensar en los horizontes que me habían abierto aquellas hermanas de MATER CHRISTI. Varias veces las telefoneé y siempre era más de lo mismo: lucha, trabajo porque la vida es posible en el orden y en la ilusión de una vida nueva, me decían.

            Y así comenzó la recuperación de aquel hombre feliz de su juventud. Acompañado por ellas y algún otro miembro de MATER CHRISTI que fui conociendo, comencé a ir poniendo orden en mi vida.

            Es verdad que hubo que abandonar muchas cosas que no eran fáciles de dejar, pero a la vez me iba encontrando con dos personas claves que recordaba de mi infancia y adolescencia. Eran Jesús y su Madre la Virgen, cuya advocación en MATER CHRISTI es tan hermosa: María, nuestra Madre y nuestra Guía.

            Ahora ya, pasados unos años, he vuelto a conocer una vida ordenada. Incluso he hablado con mi esposa, cuya historia parece que ha ido muy paralela a la mía, aún sin comunicarnos. No sé que será finalmente de nosotros, pero lo que sí sé es que la vida vuelve a tener sentido para mí, y que la Esperanza cristiana es tan fuerte como segura para mantener a quien la tiene y la vive, lleno de ilusión ante el futuro.

            Cuánta gratitud siento por MATER CHRISTI y a la vez por cuantos están cerca apoyando sus proyectos y trabajos en tan diversos sectores sociales.

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