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HORRORES DEL ALCOHOL

                  No puedo decir que mi vida haya sido un camino de rosas.

               Nací en plena guerra civil, por lo que mi niñez fue la de una niña de la posguerra, llena de carencias y necesidades; aunque eso sí, pude gozar del cariño de mis padres, que formaban un matrimonio sencillo, humilde y de una gran honradez, trabajadores como guardeses en una finca rural.

               En el cortijo todo iba bien, éramos felices, pero así y todo, mis padres querían algo mejor para mí, y creyeron que si me iba a Madrid, además de trabajar podría estudiar alguna cosa que me lograra tener un buen porvenir y, por consiguiente, una vida un poco mejor de la de ellos.

               Eran todavía años difíciles para todo y, dada mi situación personal, lo más fácil era comenzar trabajando, cosa que estaba bastante acostumbrada a hacer desde pequeña, por que comencé a trabajar en una casa de clase alta con bastantes empleados y ciertamente aprendí mucho.

               Pronto conocí a un chico del que me enamoré; era algo dado a la bebida, pero pensé que lograría, con un poco de paciencia por mi parte, que la dejara.

               Nos casamos y en tres años ya teníamos tres hijos. Él no dejó nunca de beber, al contrario cada vez bebía más, comenzando a desarrollar una agresividad, no sólo en casa y particularmente conmigo, sino también en el trabajo, a pesar de ser un buen profesional en su oficio de ebanista y muy considerado, pero al final, debido a su mal comportamiento por causa de la bebida, le echaron de la ebanistería.

               Lógicamente esta nueva situación agravó la convivencia que ya era mala, pero que se hizo cada vez más difícil ante una situación que día a día era más insostenible: no había dinero con el que hacer frente a las necesidades más elementales, y, a la vez, las deudas se acumulaban por su desastroso comportamiento a causa del alcohol; yo trabajaba por horas en las casas, pero, como ya he dicho, el dinero no llegaba ni para lo básico.

               Tras continuas discusiones y algún maltrato físico por su parte, un buen día se fue de casa y no volvió. A pesar de que faltaba de la casa con alguna frecuencia, pasados unos días apareció la incertidumbre de no saber qué era lo que podía haberle pasado con lo que se agregó un nuevo sufrimiento a todo el que teníamos ya. Pasadas unas semanas nos dimos cuenta mis hijos y yo que al menos teníamos paz y que vivíamos más tranquilos, aunque yo seguía queriéndole y pensando en él cada día.

               Pasados los años, un día de invierno me avisaron que a uno de mis hijos le había atropellado un coche. En el servicio de urgencias del Hospital al que le habían llevado pasé la noche más mala de mi vida, mi hijo estaba muy grave hasta el punto de que los médicos daban muy pocas esperanzas

               Allí estaba una pareja esperando los resultados de alguien a quien habían acompañado también en una situación grave. La noche fue larga y angustiosa, aunque un poco mitigada por la conversación que mantenía con ellos y que al sentirme escuchada, terminé contándoles mi vida. Ellos me prestaron toda su atención hasta que les informaron que la persona a la que acompañaban tenía que quedarse ingresado en la UVI dado su estado. Así y todo quisieron quedarse conmigo hasta que me avisaron para que pudiera ver a mi hijo unos momentos e informarme que también se quedaba ingresado. Entonces nos fuimos del hospital y me acompañaron hasta mi casa.

               En los días siguientes se fueron interesando por la evolución de mi hijo hasta que pasados algunos días y después de que mi hijo ya estuvo fuera de peligro y evolucionando favorablemente, me dijeron que creían conocer a mi marido. Efectivamente respondían a él todos los datos que me dieron; por lo visto se encontraba en una situación muy débil, tanto física como psíquicamente y vivía en la calle hacía varios años.

               Aquella noticia fue un golpe tremendo. Me ofrecieron que si quería verle, o que le hablaran de mi, o que hiciera lo que mejor me pareciera. Fue muy difícil decidir si quería o no verle, pero pasados unos días me dijeron que lo habían tenido que hospitalizar y que al parecer había un diagnóstico bastante serio, entonces sin dudarlo les dije que ya en esa situación sí quería verlo.

               Mi marido estaba realmente mal y tampoco sabía muy bien lo que quería, finalmente un día me fui con ellos al hospital. Nuevamente tengo que emplear la misma expresión: fue tremendamente duro cuando entramos en la habitación y me encontré con el hombre al que siempre, antes y después, había querido, completamente desfigurado y destrozado por el alcohol y, ahora, por la grave enfermedad de cáncer hepático que tenía, al parecer, en fase terminal.

               El se emocionó al verme, pero le costaba mirarme, huía su mirada de mí como avergonzado. Le hablaba y no me contestaba. Así me indicaron que mejor sería marcharnos hasta el día siguiente. Cuando volví ya estaban en la habitación con él los amigos de MATER CHRISTI; él ya parecía cambiado y como si no hubiera pasado nunca nada, con una sonrisa en los labios me dijo: “te estaba esperando”, nos dimos un abrazo, me pidió perdón por todo los que me había hecho sufrir y me dijo: “estoy muy mal, ¿podré pedir perdón también a mis hijos?”.

               Hasta ese momento yo no les había dicho nada a mis hijos, pero ante esa actitud de su padre ya tenía que contarles lo sucedido. Me costó trabajo porque su reacción no sabía cuál podría ser, pues habían vivido una dura infancia a su lado. Aproveché la salida de mi hijo del hospital y ya en casa los cuatro, les expliqué lo sucedido durante las semanas anteriores.

               Ellos escucharon en silencio sin hacer comentario alguno, cuando terminé con la pregunta de su padre se mantuvo el silencio durante unos minutos interminables, hasta que el mayor dijo: “Mamá, tu has querido siempre a papá como una buena esposa y una buena madre, ahora es el momento de demostrarle el cariño que tu siempre nos inculcaste. Vamos a verle cuando quieras”.

               Yo continué visitándole y atendiéndole cada día, hasta que pasados unos días fue posible que pudieran venir los tres hijos juntos. Nos es fácil describir lo que pasó. Mis hijos fueron capaces de abrazar a su padre con todo cariño, los conozco bien, y él, ahogado en un llanto, no sabía decir otra palabra que “`perdón, perdón…”. Una vez más, gracias a los amigos de MATER CHRISTI, aquella tarde pudo encontrar su cauce para reemprender una vida familiar en torno al padre, que tan solo vivió nueve días más.

 

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